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jueves, 2 de febrero de 2012

¡Gracias y Hasta Luego!

Pasaron 3 años. Me cuesta creerlo, realmente. 
Allá por 2009, en pleno verano porteño, comencé a postear en este blog. Y digo que me cuesta creerlo porque hasta unos meses antes, no tenía ni la más mínima idea sobre qué era un blog o una "bitácora", como lo llaman en España (¡Siempre tan decididamente castellanos!). 
Todo surgió para un ejercicio práctico de un curso que pedía  la creación de un blog y que me enseñó la utilidad de semejante herramienta, desconocida por mí hasta ese instante. 
Pasaron unas pocas semanas de finalizar la cursada y, por esa trasnochada ociosidad que trae el verano, la idea fue tomando forma, despacito. 
La verdad que apareció para tapar un problema que venía arrastrando: La vagancia para sentarme a escribir cuentos o relatos; un delirio que me apasionó desde que descubrí la felicidad que produce leer un cuento de Soriano o Fontanarrosa
La cuestión es que crear un blog me pareció una buena excusa para "auto-obligarme" periódicamente a subir un relato, cuento, microrrelato o, por lo menos, algunos párrafos que delinearan algo cercano a una historia
Así comenzó todo, caprichosamente, el último día del mes de enero de 2009. Y lejos de lo que imaginé, me resultó muy agradable la experiencia como para detenerme a tiempo.  
Hasta ahí, todo salió increíblemente. Aunque todavía faltaba un detalle fundamental para que esta locura se extendiera durante 3 años. Sucedieron dos cosas impensadas. Por un lado, me animé a "mostrar" lo que escribía a través de Facebook, entre amigos, por supuesto, lo que me garantizaba sólo palabras de aliento ya que -me gusta creer- me tienen un ¡poquito de estima al menos!
Como consecuencia de eso, ocurrió el segundo hecho aún más increíble: Los amigos apoyaron e impulsaron, y un milagroso "boca a boca" hizo que llegaran hasta el blog otras personas desconocidas que también leyeron los relatos. Incluso pasaban semanalmente a buscar la actualización o dejaban comentarios muy alentadores. ¡Alucinante! 
Fueron años hermosos, de una experiencia inolvidable que dejará online alrededor de 100 relatos (algunos malos, otros regulares y el resto... ¡Peores!).
De amigos, de padres, de abuelos, de borrachos y  fantasmas. De la infancia, crónicas y anécdotas de pueblo (¡gracias ISLG por el premio!). 
Pero como dice la canción, "todo tiene un final, todo termina...". Y acá termina la etapa del Blog Menos Pensado. Al menos con el formato actual, dedicado a relatos y cuentos (¡perdón a la literatura!).
Si Dios quiere (el otro, claro), no será el cierre definitivo del ciclo porque está muy fuerte el deseo de dar un pasito más. Pero como todavía sigue siendo apenas un sueño para 2012, mejor no contar demasiado...
Por lo pronto, sólo me queda AGRADECERLES a todos los que se tomaban unos minutos de su tiempo para meterse en estas ficciones. 
A los que me decían que se emocionaron con algún relato, a los que me hicieron críticas y recomendaciones, a los que se vieron reflejados en un personaje o se sintieron incluidos en una historia. A los que leían a la noche antes de dormirse o los que mataban el tiempo en la oficina. A los que leyeron poquitos e incluso a los que abandonaron a la mitad porque no les gustó nada. Y sobre todo a los que realmente pasaban cada semana a leer... 
¡A TODOS, GRACIAS INTERMINABLES!
No saben la alegría que viví durante este tiempo... Ojalá ustedes hayan podido sentirse -aunque sea una vez- satisfechos por lo que leyeron. 
                                                    ¡Hasta Luego! 


Ps: Mi cariño y gratitud eternos para Martucha, Miguel, Negra, Norita, Diego, Euge, Vivi, Indu, Laura, Marce, Fede, Cecilia, Dani, Gus, Sole, Florencia, Marlene, Vero, Rober, Gaby, Hernán, Kate, Naty, Barbi, María, Urs... Sé que siempre, religiosamente (o vaya uno a saber por qué misterio de la naturaleza) se hacían un ratito para leer los cuentos. ¡Ah! ¡Al maestro Sábat por la caricatura, a Jorh por la tapa y a Marilina por aquella nota! :)  



lunes, 16 de enero de 2012

Reflexiones de un caminante ansioso por las veredas de Buenos Aires


Ante todo debo aclarar que soy un tipo apurado, atropellado… Impaciente, diría. Y por eso me desespera clínicamente caminar un día de semana por el centro de la ciudad, con sus calles desbordadas de autos y sus vereditas ultra-hiper-angostísimas repletas de seres humanos.
Imagínese, comprensivo lector, para alguien apurado e impaciente lo que significan estas cuestiones. Un verdadero Vía Crucis. Cada paso es un desafío y cada persona, un nuevo escollo.
¡El comportamiento de la gente es insólito! 
Por ejemplo, están aquellos que circulan por el medio de la vereda, como si fuera la alfombra roja de los premios Oscar. ¡Les falta saludar y sonreír para las fotos de los paparazzi!
También están los que, un martes a las 14.45 horas por Florida y Sarmiento, van mirando vidrieras como si pasearan por Vía del Corso en Roma. 
Después, tenés esos que salen en grupo. Y digo esto considerando que dos personas a la par ya te cubren el ancho completo de la vereda. El otro día, sin ir más lejos,  me sucedió esto y no tuve más remedio que bajar un pie a la calle para pasar a dos "almitas distraídas" que tenía delante y que, sin dudas, deseaban demorar el regreso a cualquier sitio. Pero no alcancé a depositar la planta completa del pie cuando empecé a escuchar el delicado sonido de las bocinas de un colectivo, las puteadas de un taxista y los gritos de un “motoquero” que venía pegadito al cordón. 
¡El susto que me pegué! ¿Y creen que los dos que tenía adelante se inmutaron? Me los tuve que "fumar" así toda la cuadra para no poner en peligro mi integridad física de nuevo.
Y cuando creí que ya había pasado lo peor, comprobé que estaba equivocadísimo. 
Doblé la esquina y, de frente, me encontré con uno que gesticulaba con los brazos como si estuviera estacionando un avión en el aeropuerto. Pero solamente estaba hablando por su teléfono móvil. ¿Por dónde paso, pensé? 
El hombre iba y venía desde la puerta del banco hasta el borde de la vereda en milésimas de segundos. Parecía uno de esos programas de juegos donde tenés que escabullirte  entre dos rodillos gigantes de goma espuma. 
Pero lo pasé. Y a los pocos metros, centímetros en realidad, me topé con una mujer que venía por el mismo lado, en sentido contrario. Situación altamente conocida que aparece incluso en las películas románticas: Yo me muevo a un lado y ella va para el mismo. Nos frenamos de nuevo y sonreímos con cara de idiotas. Muevo para el otro lado y ella igual. Si hubiera sido una de Hollywood, nos besábamos en ese momento, pero como era en Buenos Aires, a la hora pico, la mujer suspendió la sonrisa cordial y con cara de “somos grandes ya”, me hizo a un lado con el brazo y siguió su camino. “¡Es de las mías!”, sospeché: Apurada. Y me gustó su actitud, aunque el beso hubiera estado mejor.
En fin. Cuestión que seguí camino. O lo intenté, porque entonces descubrí una adorable ancianita que, con suerte, saldría de cobrar su jubilación.
Estos son los casos más complicados porque se presenta un debate interno ético-moral insalvable. Por un lado, mi apuro habitual y, por otro, la ternura y comprensión que despierta cualquier abuela. Debo reconocer que aún no lo tengo muy resuelto, pero quería mencionarlo de todas maneras. 
Aunque recuerdo cierta ocasión en que intenté acercarme a una "señora mayor" para pasarla y, repleta de gente como estaba la vereda, rocé sin querer su brazo con el mío. 
¡Uh! ¡La que se armó!
La mujer empezó a gritar como loca pensando que le quería robar el bolso y, sin más culpabilidad que la de ser apurado, terminé enseñando documentos y convenciendo a un policía durante 45 minutos de que sólo había chocado a la mujer por accidente.
Y vayan a suplicarles a todos los santos para que estas catástrofes no te ocurran un día de lluvia. Ahí sí que preferís morir lentamente escuchando canciones de Arjona
Obviamente, yo salgo sin paraguas para ir más rápido zigzagueando por debajo de los techos, marquesinas y toldos... Pero, por desgracia, terminas frenando a cada paso porque la gente va con paraguas abiertos, por debajo de los mismos techos, marquesinas y toldos... 
¡Explíquenme, por favor, para qué cargan esas sombrillas abiertas si caminan por debajo del techo!
En todo caso, mejor tomarlo con calma porque si no además de ponerte de mal humor, seguro te enganchas la ropa, el pelo o hasta un ojo con uno de esos paraguas de mierda…
¡Paraguas que lleva algún boludo que camina lo más lento que puede!


lunes, 9 de enero de 2012

La posición tarántula


A los Ales.
Por ese delirio tan lindo
de las charlas entre amigos


El otro día, el tercer martes del mes como ocurre desde hace muchos años, Andrés se juntó a cenar con sus amigos. La  tradición asegura el encuentro en la terraza de la casa de Santi, el único que sabe preparar un asado como Dios manda: Con condimentos y detalles secretos que guarda con recelo y que le daban un resultado inmejorable al final de la velada.
El Gordo, en cambio, se encarga de la picada previa y, por eso, es el primero en llegar y esperar al resto debidamente: Vermú con limón y soda acompañado de un buen salamín picado fino, quesos varios, aceitunas y algunas papitas como para calentar el buche hasta que la carne llegue a su punto exacto.
Esa noche el clima acompañaba con una noche estrellada, una temperatura que no parecía de otoño sino de las más cálidas primaveras y los tres -Andrés, Santi y el Gordo- estaban disfrutando de lo lindo, entre risas y fiambres, con un chiste de loros que contaba desaforado el dueño de casa.
Y así transitaba la noche hasta que, apurado y con la respiración agitada, arribó el último comensal. Willy subió la escalera y atravesó la puerta de la terraza como si le fuera la vida en ello. Estaba emocionado, se le notaba. Cuando finalmente se encontró frente a sus amigos, sin saludar siquiera, anunció que tenía una noticia tremenda, de esas que los dejaría perplejos. 
“Se casa”, arriesgó Santi, un romántico empedernido. “Abandona la música”, pensó el iluso de Andrés. “Vuelve al fútbol”, se resignó el Gordo, un tanto apocalíptico. 
Pero nada de eso.
Como envuelto en un halo de luz enceguecedora, como si abriera su camisa y debajo surgiera el colorido traje de un superhéroe, Willy se acomodó en el centro de la escena, con la mirada en alto y sacando pecho. Después de otros innecesarios segundos de suspenso, soltó orgulloso su anuncio: “Me voy a remontar el Amazonas”.
Silencio de misa. Espectadores aturdidos. Miradas cruzadas y desorientadas que procuraban una explicación. Cabezas nerviosas que negaban incrédulas. Por un instante que rozó la eternidad, la más absoluta inmovilidad se apoderó de los amigos que rodeaban la parrilla.
Hasta que de repente, como si terminara esa calma que antecede a una tormenta, explotó en el ambiente un ensordecedor conjunto de carcajadas.
Y entonces, igual que ese profesor que resume la hora de clase en una sola frase, Santi sentenció: “¿Vos te golpeaste la cabeza o te encendiste un porro antes de llegar?”.
El rostro pálido e inmaculado de Willy parecía decir “insolente, cómo te atreves”. Pero, aunque algo humillado ante las risotadas de sus amigos, se mantuvo hidalgo en su postura de súper-héroe, devenido ahora en rey de la selva. Esperó a que las burlas se apaciguaran para retomar su asombrosa proclama.
- “Es en serio” -puntualizó con sinceridad- Me voy con Angélica que, incluso, ya renunció al Colegio de Escribanos. Por las dudas…
- Por las dudas… ¿Qué cosa? -preguntó el Gordo, todavía incrédulo.
- No sé, no sé. No quiero precipitarme, pero uno nunca sabe cómo responde a un viaje así. La fuerza de la madre naturaleza es muy grande en un lugar como la selva Amazónica. Allá te encontrás frente al misterio de la creación, estás inmerso en la obra pura del Creador… Ves cosas que ni por el Discovery Channel -explicó el más entusiasmado de la noche.
- Paren, paren un poco, che -intervino Andrés, como en estado de shock-. ¿Vos estás hablando en serio?
- ¡Claro! Hay miles de cosas que me llaman la atención y siempre tuve el sueño de ir a ese lugar. Por ejemplo, quiero probar la Ayahuasca -siguió Willy, como en una clase de botánica-. Quiero experimentar esa embriaguez agitada que cuentan, tener sueños incomparables, euforia y… ¡Alucinaciones!
- ¡Aaaaahhhh! -gritaron los otros a coro.- ¡Ahora nos vamos entendiendo mejor! Te vas al Amazonas a drogarte con algo que acá no se consigue. Hubieras empezado por ahí -retomó Santi, ya más divertido que preocupado-. 
Esa reflexión desorientó un poco a Willy que se sentía más como un cruzado selvático, que como un vicioso desmedido. En su cabeza se mezclaban varias imágenes y explicaciones, pero ninguna alcanzaba para dar cuenta de la totalidad de su aventura. Hasta que recordó las palabras de un cura perdido en la selva amazónica, que había leído por ahí y que le vinieron justo para salir del paso.
- No. No entienden nada, ustedes. De los pocos paraísos vírgenes que quedan en la tierra, la cuenca del Amazonas es el más misterioso. En esas tierras nunca llegó la mano del hombre y por eso sobreviven especies y leyendas inexplicables para la ciencia. No sé, miren si descubro algún tesoro, enfrento una bestia desconocida o, por qué no, me vuelvo un monje amazónico adorador de la Pacha Mama.
Los tres amigos se miraron todavía más incrédulos de lo que estaban escuchando y, casi sin saber cómo, se pusieron de acuerdo para seguirle la corriente.
- ¿No te da miedo? -quiso saber el Gordo que, a esa altura, hacía su mayor esfuerzo para disimular la risa.
Willy dejó entrever el brillo de sus dientes con una mueca de costado en la boca que, más que transmitir seguridad, parecía que tenía parálisis momentánea. Al final, borró el forzado gesto de sus labios y respondió con un dejo de soberbia.
- ¡No, querido! ¿Cómo voy a tener miedo? Yo hice la colimba, me entrenaron para pasar 40 días sobreviviendo únicamente con lo que nos provee la naturaleza. Hasta puedo aguantar sin comer y beber 5 días seguidos.
- ¿Y si te ataca una de esas bestias que decís, qué hacés? -insistió el gordo, con cizaña.
El explorador se tomó un instante. Pero no para pensar su respuesta, sino para disfrutar de lo desorientado que estaban los demás.
- En ese caso, Gordito de mi alma, adopto la temible Posición Tarántula -dijo con voz gruesa y arrastrando las sílabas, mientras se agachaba con las piernas separadas y extendiendo los brazos a lo ancho, como si fuera a agarrar una gallina en el patio.
Enseguida la cara se le puso roja de la fuerza que hizo con la mandíbula para parecer intimidante. No lo logró, por supuesto. 
Cuando hizo tremenda demostración de destreza, ya nadie le prestaba la más mínima atención. Todos estaban descostillados de risa en el suelo, en una silla o contra la pared. Seguramente, pensaban más bromas para gastarle a su amigo sobre las andanzas en el Mato Grosso
Sin embargo, Santi disipó cualquier continuidad sobre el tema al anunciar que los chorizos ya estaban listos y los 4 se apiñaron en la mesa para dejarse llevar por el delicioso ritual del asado, como corresponde, con la boca bien llena.  
Aquella noche Andrés se fue de la reunión con Willy, para compartir un taxi hasta Plaza Italia. El cielo estaba muy despejado para ser mayo. Hablaron sobre las cosas que debía llevarse a su expedición. Spray contra los mosquitos y otras alimañas, linterna, botiquín de primeros auxilios y demás utensilios que ya Willy tenía bien guardados aunque aún faltaran semanas para la partida. 
Al llegar a la plaza, ambos se dieron un abrazo breve y quedaron en hablar la semana siguiente. Andrés corrió hasta la parada del 37 que estaba por salir y alcanzó a colgarse del escalón. Una vez arriba, observó como su amigo se alejaba entusiasmado por la vereda de la avenida, pensando quizás en su próxima aventura. Sacó la cabeza por la ventanilla y le gritó: “Si te acordás, traéme algo de recuerdo”. Willy se dio vuelta y le contestó con toda la fuerza que pudo:
- “Obvio, quedate tranquilo que alguna chuchería te traigo” -Después se dio la vuelta y agachó la cabeza mientras retomaba su marcha.
Andrés creyó percibir algo de preocupación en su amigo luego del pedido. Pero lo perdió de vista cuando el colectivo aceleró y, al rato, se quedó dormido contra la ventanilla.

Un par de meses después, Santi llamó por teléfono a Andrés, que no dejaba de quejarse por el frío que hacía aún en Buenos Aires y por una gripe que lo perseguía desde agosto. “Como para no enfermarse con este clima de mierda”, repetía con la voz ronca por la tos. Tenía razón, las temperaturas eran demasiado bajas para septiembre.
Después de repasar algunos otros temas del fin de semana, como el partido de Estudiantes y lo que había dicho en la tele un Ministro desubicado sobre el futuro del plan económico, Andrés le preguntó por otro de sus amigos, pero Santi tampoco sabía nada de Willy desde su partida al corazón de la amazonia. Casi al mismo tiempo, ambos se sorprendieron: “¡Qué lo parió! ¡Cómo pasa el tiempo!”.




viernes, 25 de febrero de 2011

¿Por qué el "2" en el título?



Tal vez usted, amigo cibernauta, se pregunte por qué el número 2 en el título de este blog. Y si no lo ha hecho, permítame de todas maneras una breve explicación.
Luego de 2 años (2009 -enero- 2011) de escribir y postear semanalmente relatos de ficción en un blog de mi autoría (“el menos pensado”), GOOGLE decidió eliminar de forma abrupta, unilateral y sin aviso, la cuenta de mail con la que yo ingresaba a mis blogs. Por ese motivo, de un momento a otro, no pude volver a postear o acceder a los contenidos que allí tenía publicados.
El motivo, según pude averiguar brevemente después, fue que detectaron "actividades irregulares en la cuenta". Nunca supe qué significaba eso, pero los amigos de GOOGLE decidieron sin más salvaguardar la red de redes y eliminar mis blogs de literatura, periodismo y fotografía. Sin dudas, todos ellos de extremo peligro para la seguridad mundial. En fin...
Luego de diversos y repetidos intentos por recuperar el acceso a los blogs mediante mails, foros, formularios y demás, creí que debía olvidarme y seguir adelante. Pero me equivoqué, porque después de algún tiempo, me sentí derrotado, invadido por una extraña sensación de renunciamiento hacia una de mis pasiones, la escritura de ficción. No estaba dispuesto a permitirlo, quizás, más por cabeza dura que por principios. Por eso, también, lo hago nuevamente a través de la plataforma para blogs de GOOGLE, porque como dice el refrán: “Persevera y triunfarás”. Y si bien en este caso el triunfo es por demás dudoso, creo que al menos la perseverancia superó otra batalla.
De esta manera, aquí estamos con la continuación del “Blog Menos Pensado”, una nueva etapa que ojalá me brinde tanta satisfacción como la de los 2 años anteriores.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Los Seis

A mis amigos bartenders.

Se los conoció simplemente como “Los Seis” y eran, sin duda, los más escurridizos estafadores de aquellos tiempos. Cierto día, cada uno de ellos recibió un anónimo con las palabras justas para captar su atención. Sin dudarlo, asistieron a la reunión pautada. El objetivo, perpetrar la estafa más grande de todos los tiempos, una proeza tal que, de concretarse sería la obra maestra de los engaños y sus protagonistas entrarían con honores en la historia grande de los timadores.
La tarde en cuestión, cada uno de Los Seis fue llegando al bar donde tendría lugar la cumbre del engaño. El sitio elegido para semejante evento no fue otro que el mítico “Cutty Sark”, ubicado en el número 35 de Jubilee Market.
Uno tras otro, los invitados ocuparon su silla en una retirada mesa del fondo. El sitio, propiedad de la familia Berry, había sido la guarida de los “Berry Brothers”. Tiempo más tarde, se supo que Francis Berry, el único sobreviviente de aquella mítica banda de delincuentes, ofreció el lugar sin vacilar, cubriendo la reunión de un aura conmemorativa.
Mucho después, también se conoció el verdadero desenlace de tremenda iniciativa. El timo más grande de todos los tiempos nunca llegó a concretarse. Como sostuvo el propio Berry, Los Seis se emocionaron demasiado con el proyecto. Tanto así que no dejaron de chocar sus vasos de whisky hasta el amanecer y terminaron en un estado de embriaguez jamás visto. Y ante semejante exceso, ninguno consideró acertado concretar el misterioso plan con compañeros tan endebles.
Sin embargo, aunque trascurrieron varias décadas del inicio de sus andanzas, la policía identificó recientemente a “Los Seis”. Se supo que en aquella velada estuvieron presentes: Alfred Brooks, George Ballantine, Giacomo Justerini, Matthew Gloag, Johnnie Walker y William Teacher.
Es cierto que nunca se descubrió al anónimo cerebro que los reclutó, aunque desde entonces ha sido una gran idea reunirlos en la barra de cualquier bar.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El circo pasó

La última vez que fui a un circo,
ya era grande. O eso creía.


El deseo de ocupar la butaca es incontrolable, cautivados tal vez por el asombro que provoca la enorme carpa de colores. Una vez adentro, los ojos no dejan de recorrer todo el lugar sin detenerse, intentando descubrir de dónde proviene el misterio que flota en el ambiente. La espera provoca ansiedad y los nervios necesitan ser calmados con el espectáculo.
Una voz gruesa, amena y rimbombante pronuncia la esperada frase: “Bienvenidos al maravilloso mundo del circo”. Por fin los sentidos dan rienda suelta a la imaginación y el encantamiento se apodera del lugar.
El maestro de ceremonias ya estableció el tácito diálogo entre público y artistas, gracias al ruidoso idioma de los aplausos. Ahora todo es inevitable. Las manos no dejarán de sonar y las miradas quedarán perplejas en ese círculo central donde se concentran las emociones.
Los rostros de los adultos se confunden con los de los niños y, en un abrir y cerrar de ojos, el encanto de la magia dejó su lugar a la tensión que provocan los equilibristas. Las escenas se suceden hasta que, por fin, todos estallan en una sola carcajada con la aparición de los desalineados payasos: Risas y más risas, de grandes y de chicos… ¿O serán todos niños, hoy?
El intervalo también forma parte de la fiesta. Ahí cobran vida los vendedores de globos y muñequitos. Es tiempo de saborear azúcar quemada o garrapiñadas, clave para que el ritual sea completo. Y no podremos irnos, de ninguna manera, sin un pequeño llavero rectangular que guardará en su interior la fotito de ese instante inolvidable.
Sin tiempo para acomodarnos, el show volvió a la pista y la atención regresa a los artistas. Malabaristas, domadores, trapecistas, magos y nuevamente los payasos. Todos son personajes de un sueño que termina, impiadoso, cuando la potente luz blanca anuncia el final de lo ficticio, de lo soñado. Una música contagiosa nos despide aconsejando el regreso que, seguramente, será pronto. Tal vez cuando “nuestro niño” pida otra noche de fantasía e ilusión.
Por el momento, el circo pasó y dejó su encanto impregnado en el aire del pequeño pueblo.

lunes, 16 de agosto de 2010

Chácharas y peroratas sobre la suerte

Es bastante común, sobre todo entre los argentinos, considerar que en cuestiones de “suerte” estamos más que “cagados por las palomas”. Por eso decimos que fuimos “meados por dinosaurios”.
Pero más que referir la cuestión a un mero capricho del destino, no siempre deberíamos echarle la culpa de todo a la “suerte”, buena o mala. Porque en definitiva, es una cuestión de enfoque, de cómo se encara la cosa.
Pero, ¿qué mierda es la suerte?
No sé definirlo exactamente, pero estoy seguro que existe “algo”, no me caben dudas (destino, suerte, karma… Póngale el nombre que a usted más le guste). Aunque últimamente, me convenzo más de que todo depende del cristal con el que se mire.
Por ejemplo: Me gusta una chica que pasa caminando por la vereda y le digo un piropo. Ella, sin detenerse, me suelta un montón de insultos con cara de mala onda y humor de perros y, casi al final agrega “…y si te agarra mi marido, te caga a trompadas”.
En ese caso, ¿de quién es la mala suerte? ¿Mía, porque una mujer no me correspondió? ¿O del pobre marido que tiene que se casó con esa bruja de mierda?
Lo que es sorprendente, también, son aquellas acciones que podemos llegar a hacer por un poco de suerte ¿Se dieron cuenta? ¡Nos ponemos muy, muy pelotudos!
Que una cintita roja en la muñeca (lo cual para los hombres es de por sí una mariconada); que 3 pasos para atrás si se cruzó un gato negro; que bajar a la calle sin mirar, con tal de no pasar debajo de una escalera…
¡Hasta somos capaces de no ir a una entrevista de trabajo si nos pasa algo así! Y está bien, para qué vas a ir sí ya se sabe cómo va a terminar la cosa, ¿no?
Si das 3 pasos para atrás, seguro perdés el colectivo y llegás tarde. Y si no los das, te rechazan en la entrevista por el efecto del gato negro. ¡Qué decisión difícil!
Encima, es terrible la presión que te mete la suerte con episodios como ese. Por ejemplo, hay gente que se topa con una escalera en la vereda, porque están arreglando una marquesina... ¡Y se van hasta la mitad de la calle, con tal de no pasar por debajo y tener mala suerte! ¿Y si los atropella un auto? ¿Eso es mala suerte, igual? ¿O se anula? ¿Cómo es ahí la cosa? ¿Hay un reglamento al respecto? ¿O simplemente es un extremo pelotudo?
Romper un espejo, cruzar de frente un pelirrojo, el número capicúa de un boleto… Todas trampas del destino disfrazadas de técnicas para la buena o mala suerte. En realidad, para hacernos desconfiar nomás.
En una época, incluso, tenía la billetera desbordada de boletos con números capicúas que fui juntando durante años. Hasta que un día… ¡Me robaron la billetera! ¿Qué pasó? ¿Estaban vencidos los boletos? ¿No se suponía que me daban buena suerte? ¡La puta que lo parió!
En fin. Me parece que la suerte es una casualidad del universo, caprichosa y muy puta, que te mira por encima de un hombro con desdén. Como sobrando la situación, pero con una serenidad envidiable.
Claro, como para no estar tranquila, ¿no? Si el damnificado es uno y no la suerte cabrona que se queda serena… Más Serena que la Williams. Sí, la tenista negra… ¡¡¡Como mi suerte!!!


lunes, 12 de abril de 2010

De objetos y nombres raros

Hoy estaba charlando con mi amigo Diego, que vive en Illescas cerca de Madrid. No recuerdo bien por qué nuestra conversación derivó por el lado de lo difícil que era ser inmigrante. Por supuesto, no nos detuvimos en cuestiones profundas como el desarraigo, sino que nos dejamos llevar por temas más mundanos como el nombre de los objetos.
Por ejemplo, lo complicado que resulta para un argentino escuchar cuando un español dice que va a “coger” un autobús. Y no hicimos hincapié en el sinónimo de colectivo o bus, precisamente. En efecto cuesta integrarse así.
O, también, nos reímos mucho sobre aquella vez que intenté decirle a una amiga de su esposa, lo bien que le quedaba esa “pollera”. Claro, la pobre mujer me miró desorientadísima y se defendió: “Oye cabrón, que no soy ningún travestido para llevar algo para sostener la polla”.
Si era ahora a la distancia, parece lógica pura, nomás. Pollera, elemento para llevar o sostener la polla. ¡Cómo carajo la señorita lo iba a relacionar con su bonita “falda” de seda!
Después, está también la cuestión de los nombres. En mis épocas de bartender, me acuerdo, mientras compartía la barra con mi amigo y mentor Miguel -conocido como la “Fletch”- viví un episodio que ni en los sainetes más graciosos.
Tres niñas, muy divertidas ellas, llevaban horas bebiendo y en un momento preguntaron mi nombre. Luego de responderles con una simpática sonrisa ellas decidieron también presentarse.
- Hola, guapo. Soy Alma -deslizó amablemente la primera.
Queriendo resultar agradable, me mandé sin pensarlo demasiado.
- Alma… Qué lindo nombre ¿Es sevillano? -error, un grandísimo error de mi parte.
- En realidad -agregó ella sonrojándose- me llamo Almudena y me llamó así por la Virgen patrona de Madrid.
Juro que esa d final pronunciada como z nunca me sonó más interminable que esa noche.
- Mucho gusto, yo soy la Cari – dijo al instante la otra.
- ¡Ah! Carina. Podrías ser argentina tranquilamente -arriesgué confiando en que mi metida de pata no podía continuar. Pero la muchacha puso cara de pocos amigos y me corrigió a los gritos dejándome en claro que no se llamaba Carina sino… Caridad.
Impresionante. Que puntería tuve. Miguel no dejaba de reírse con mis desaciertos y me pareció que era un buen momento para terminar mi mala racha.
- Ok. Tú no me digas como te conocen tus amigos, sino cuál es tu verdadero nombre -dije con seguridad, mientras observaba a la tercera.
- Pues vale, yo me llamo Concepción y me dicen Conchita.
No era mi noche, definitivamente. Pero mejor, culpar a la dificultosa integración en otras culturas, ¿no?

lunes, 8 de marzo de 2010

El Gran Cambio

Anoche tuve un sueño. El país entero estaba dominado por una extraña plaga: Sin excepción, todos se habían vuelto "solidarios".
Los grandes bancos donaban sus comisiones e intereses a comedores escolares. Los restaurantes más selectos atendían gratis a las personas que vivían en la calle y no probaban un plato caliente desde hace años. Las tiendas de electrodomésticos, regalaban heladeras y cocinas a familias que no podían pagarlas. Los canales de televisión transmitían buenas, esperanzadoras y agradables noticias en sus telediarios. Los medios de transporte público llevaban un límite de personas, para que viajen cómodas, e incrementaban su frecuencia diaria. Todo ello, sin cobrar pasajes.
Los frigoríficos y productores de granos cancelaban sus envíos al exterior para permitir el abastecimiento interno de la población. Las compañías lecheras (ok, lácteas) pagaban más a los tamberos sin trasladar ese costo a los productos que llegaban a las góndolas. Y los laboratorios y farmacias daban medicamentos gratuitos -y sin adulterar- a todos aquellos que los necesitaran.
Muchas otras empresas entregaban sus producciones para que el transporte de carga las llevara a lugares recónditos y muy necesitados. En las radios, los locutores hablaban de la felicidad y la tranquilidad de vivir en un ambiente así, donde la comunidad es una sola, preocupada realmente por el bienestar del prójimo en todo momento. Porque en mi sueño, organizaciones como Greenpeace no debían poner a sus miembros en campañas peligrosas para concientizar, sino que solamente debían coordinar las acciones de la población que se volcaba al cuidado del medio ambiente.
No eran hechos aislados por un día determinado al año, sino una forma de vida permanente y sobre la cual nadie se adjudicaba el éxito u autoría. Era espontáneo, desinteresado.
En las calles, la gente sonreía y charlaban unos con otros. Eran días soleados de primavera y el gobierno había decretado que en lugar de afiches políticos en las paredes, se las pinten de colores alegres. Circulaban taxis con sus radios a todo volumen regalando compases de alguna divertida canción de moda.
En los kioscos, los vendedores daban periódicos y revistas a los caminantes. Los titulares hablaban de “amistad entre las personas” o “tiempos de prosperidad en el país”. Sobre el titular más grande, se alcanzaba a leer la fecha: 19 de septiembre de 2095.

Me desperté sobresaltado y el sueño se fue con las luces del amanecer. Se hizo añicos contra el estruendo de la calle que entraba por la ventana. Caminé hasta la puerta y me incliné para levantar el diario de esa mañana que asomaba bajo la puerta: Guerras, destrucción del planeta y crisis financieras dominaban la portada. Pero, extrañamente, una sonrisa de satisfacción se dibujo en mis labios. Tenía esperanzas porque, al menos, en unas cuantas décadas, las generaciones futuras verían el gran cambio.

lunes, 25 de enero de 2010

La escuela de la vida

Esto sucedió una tarde cualquiera, en una de esas discusiones que surgen de la nada, siguen por envión y terminan con escaso sentido. Mi padrino, un tipo cercano a los 40 y sin más remedio que aceptarme por las obligaciones familiares, me llevó con él al bar donde se juntaba religiosamente cada tarde con sus amigos. 
Ahí, señoras y señores, asistí a una de esas enseñanzas que te da la “escuela de la vida”, de las que no encontras en un libro o academia. Una "charla de café” reservada para mayores y en la cual, obviamente, no podía participar con mis inmaduros 14 años.
Acaloradamente, padrino y sus 5 amigos discutían una de esas cuestiones que, prácticamente, definen toda tu masculinidad: ¿Quién fue el mejor James Bond de la historia, Sean Connery o Roger Moore?
Sin mayores precauciones, desde mi irrespetuosa y moderna adolescencia, irrumpí entusiasmado entre esas voces para proponer en el debate a un Pierce Brosnan o Daniel Craig.
¡Para qué! En instantes nomás alcancé a comprender la imperdonable falta de respeto que había cometido.
Al silencio inmediato e incómodo que surgió por mi  desacertada interrupción, continuó una fulminante concentración de miradas sobre mi diminuta humanidad. “Quién dijo a usted que podía opinar”, parecían recriminarme esos ojos.
- ¿Qué decis, pibe? -saltó padrino, haciéndose cargo de su responsabilidad al llevarme al santuario de sus tertulias. Reconocí tanta indignación en sus palabras que por un momento temí que me diera vuelta la cara de un sopapo.
Y en la desesperación por evitar ese inminente golpe, intenté explicar verborragicamente que los nuevos actores que interpretaron a 007 tuvieron buena aceptación, tanto de  los críticos como del público. 
Pero a esa altura a nadie le importaban mis palabras y los seis pares de ojos seguían atónitos, recriminatorios, arrojándome silenciosos insultos.
- ¿Nuevos actores…? -chapuceó lentamente otro de los tertulianos, asombrado por lo que escuchaba.
Luego siguió un silencio incomodo durante 10 o 15 segundos hasta que la conversación volvió a su cauce, llevada por la vergüenza ajena que sintió mi padrino ante el sacrilegio que había presenciado en su ámbito más sagrado.
- Lo que me molesta del escocés es la barba -prosiguió como intentando que todos se olvidaran de mi insolencia y volviera a reinar de fondo, únicamente, el monótono sonido ambiente del bar.
Por suerte, lo logró. Y así, con la misma inmediatez con que causé la interrupción en la mesa, el grupo me volvió a ignorar. 
Reconozco que solté un largo suspiro contenido e, internamente, supe que aveces es recomendable pasar desapercibido o, incluso, ser ignorado. Sin dudas, éste era uno de esos casos.
Así que, ya nuevamente en la muda intimidad de mis pensamientos, opté por un Sean Connery y sólo volví a emitir palabra cuando padrino me preguntó si quería otra cosa: “Un submarino con vainillas”, respondí con el tono de voz más humilde, por la lección aprendida.


lunes, 16 de noviembre de 2009

La diosa fortuna



El fin de semana, un modesto matrimonio de un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, ganó en la quiniela unos 24 millones de pesos, algo así como 6 millones de dólares. Hacía 6 meses que, religiosamente, jugaban los mismos números. Nunca mejor usada la palabra religiosamente, pues sin duda esto fue un milagroso acto de fe. Por supuesto, a mí jamás me ocurrió algo así. De hecho, no he ganado ni una rifa. Tanta mala suerte tengo que desisto de comprar en lugares donde atienden por número, porque temo que nunca digan el mío.
Pero la fantasía siempre está sobrevolando y la consulta lanzada desde los medios de comunicación no se hizo esperar: Qué haría usted si ganara ese dinero.
Al principio me resistí a pensarlo siquiera, por esta cuestión de mi enemistad permanente con la diosa fortuna. Aunque después, más distraído, me dejé tentar por la propuesta.
Así fue que en pocos minutos salí a comprar una posada en el nordeste brasilero, una pequeña casa con bar a la playa en el caribe cubano y algo similar en alguna región de las islas Canarias. El resto, lo depositaría en una cuenta en Suiza.
Y luego, ya no pude detenerme: me puse a pensar en cómo lo haría, en qué momento del año estaría en cada lugar, qué tasa de interés me daría el banco suizo, quién atendería el bar cubano si yo estaba en Canarias…etc. etc.
Entonces, decidí que lo mejor sería quedarme con una sola inversión y vivir de los intereses que me diera la cuenta de Suiza. ¿Alcanzaría? ¿En qué otra cosa podría invertir? ¿Debería consultar un especialista? ¿Y si me estafaban y lo perdía todo?
Ya me había puesto bastante nervioso, y todo se complicó más aún cuando tomé conciencia de que en Argentina era probable que intentaran secuestrarme para pedir todo el dinero como rescate. Así que, sin perder tiempo, comencé a diagramar el plan de escape inmediato para cuando recibiera el dinero.
La cuestión es que estuve alrededor de media hora pensando estas cosas. Divagando, en realidad, pero con la preocupación y seriedad que ni siquiera los verdaderos ganadores se habían planteado.
Que patético me sentí. Después pensé que era mejor no ganar todo ese dinero, porque no sabría enfrentar tantos problemas y decisiones nuevas que llegan con el premio.
Repuesto ya de mi exceso de estrés gratuito, salí a la calle y fui a la panadería. Tomé un número, el 43. Iban por el 18 recién, pero pacientemente sonreí a los demás clientes. En mi interior estaba feliz de saber que nunca debería preocuparme por una inesperada y suculenta visita de la diosa fortuna.


viernes, 15 de mayo de 2009

Efecto caribe - Bitácora de viaje en Varadero



Cuba es un país maravilloso y misterioso, abandonado y bendecido a la vez. Con playas paradisíacas y paisajes de ensueño; y otras imágenes no tan felices ni esperanzadoras. Pero ahí está, sobreviviendo y convencida de su forma de ser.
Es un sitio ideal para descansar y divertirse, pero también para conocer una cultura -por lo menos- llamativa, diferente... Desconcertante, incluso.
Es un pueblo nacido de luchas profundas, históricas y diarias. Un pueblo de sacrificio, aunque el excelente humor de su gente trate de desorientarnos. Me gustaría imaginar -o especular- que una explicación para eso, tiene que ver con las playas, el ron, la música, el sol.
En todo caso, llegué a Varadero en busca de un buen descanso para sacarme de encima años sin vacaciones. Pero también pensé que viajar solo me ayudaría para aclarar la cabeza y encontrarme a mí mismo. ¡Y vaya si lo logré!
Al verme al espejo la primera vez que me calcé el traje de baño para irme a la playa, me encontré con un tipo que se parecía a mí… ¡Pero con casi 20 kilos de más!
También, descubrí que mi concepción del espacio físico era completamente errónea,  porque de otra forma no entendía como podía ser que la habitación del hotel fuese 2  veces más grande que mi departamento en Buenos Aires. ¡Y encima, con balcón al mar!
Además, comprobé el poder de la palabra, pues detrás de una simple frase como All inclusive, se esconde todo un arsenal de recursos para vencer la más dura de las voluntades. ¡Y no me refiero sólo a comidas sabrosas, exóticas y abundantes que triunfan por sobre cualquier dieta!
Esto me demostró lo inocente que puedo llegar a ser en ocasiones: Sólo a mi se me puede ocurrir arrancar una dieta y rutina de ejercicios en ese ambiente. ¡Ridículo!
Por otro lado, supe que haber sido barman fue -y es- una de las cosas más lindas, divertidas y redituables que me ocurrió en la vida. No quiero extenderme mucho al respecto, pero sí quiero decir que es una de las mejores experiencias para conocer acerca del comportamiento de las personas: Deseos, decisiones, motivaciones, intereses. Todo eso se aprende sobre las personas desde atrás de una barra.
Siguiendo con el encuentro conmigo mismo”, me asombré al ver que tenía doble personalidad (¡al menos una de ellas se asombró!). En ocasiones, me encontré pidiendo algo, saludando o conversando en mi modesto castellano, pero muchas otras lo hacía utilizando un mucho más modesto inglés. ¿Snobismo? No. Después supe que la lengua de Shakespeare afloraba solamente cuando me veía cercado por paisanos del sur, como un simple mecanismo de autodefensa.
Finalmente, aprendí que ser desobediente -en ocasiones- sirve de mucho. Por ejemplo, para ignorar los pronósticos del “Weather Channel” que, indiferentes, sentenciaban “fuertes precipitaciones” para los próximos 10 días que duraría mi estancia en la playa. Sin mencionar que, al segundo día en Varadero, el servicio de habitaciones me dejó en el perchero un hermoso paraguas. Pero parece que el clima también es desobediente, afortunadamente: ¡El pronosticador falló en un 99.9%!
Y el paraguas, seguro, era para protegerme del brillante y cálido sol cubano.
Entonces, a pesar de todas las malas noticias que obtuve sobre mí, me asombró descubrirme de excelente humor… Y ahí comprendí porqué los cubanos son como son, a pesar de todo. 

Cuba, 15 de mayo de 2009.