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jueves, 22 de diciembre de 2011

Errores de Piratas


Vicente Marras se libró desesperadamente de los fuertes brazos que lo sujetaban. Después, saltó a tierra firme y corrió sin mirar atrás, por el muelle, hasta perderse entre la gente que vagaba por el mercado del puerto.
A sus espaldas, contra el atardecer que se dibujaba en el horizonte del mar, el barco se bamboleaba plácido, todavía anclado.
El desalmado Capitán Valbuena revoleaba su espada por lo alto, gritando y maldiciendo a cada uno de sus brutos piratas. A uno de ellos, incluso, le estrelló el periscopio en la cabeza.
- Suelten amarras -repetía desquiciado, una y otra vez-. Me refería a que levanten las cuerdas para que zarpe el maldito bergantín, gilipollas. No que dejen libre a nuestro prisionero condenado a muerte por alta traición al código de piratería.
El sol era ya un recuerdo bajo el azul oscuro del océano cuando la voz gruesa y desalmada del Corsario español todavía retumbaba en la proa del galeón.
Sus salvajes bucaneros, otrora implacables seguidores en cientos de batallas y aventuras, se miraban unos a otros sin entender aún cuál había sido exactamente el error.


lunes, 17 de octubre de 2011

Estaba sola


Cuando miró alrededor, estaba sola. "Qué pasó", reflexionó. Iba a ser un encuentro más, como tantos otros. Él le diría cuánto la había extrañado y ella le respondería con un cariñoso “te amo”. Él, la sorprendería con una delicada flor y ella, apasionada, lo besaría.
Pero una cosa llevó a la otra y, sin darse cuenta, estaban peleando como nunca lo habían hecho. Él se hartó, ella le reprochó. Él se sinceró y ella no lo aceptó.
Luego de un instante advirtió la soledad que la envolvía. Indudablemente había quedado sola. Aún desorientada, permaneció de pie un rato más junto al gastado banco de madera de la plaza.
Finalmente, reaccionó. Indignada y triste, se fue a su casa.
También abandonada, testigo de la ruptura, la flor quedó sobre aquel banco. Ignorada, desconcertada y desechada. Estaba sola.


lunes, 10 de octubre de 2011

Jubilados

"Usted hágame caso y después me cuenta”, dijo Arturo con seguridad pero sin sacar las manos de los bolsillos por el frío de la tardecita. Ese año, el otoño había llegado antes, tal vez apurado al igual que ellos para darle un cierre a la cuestión.
Es cierto que no quedaba mucho tiempo y Arturo, viejo lobo de mar, sabía que su socio no aguantaría una situación así. "A nuestra edad, la presión de tomar una decisión podía resultar determinante", meditaba.
El resto de los jubilados reunidos en la plaza tenía la vista atenta en ellos dos. Por eso, con toda la tranquilidad del mundo, Arturo interrumpió la explicación que intentaba su amigo y, mirándolo a los ojos para transmitirle su confianza, insistió:
- Hágame caso, Evaristo. Dele con todo a la rayada que yo después arrimo al bochín.
El partido de bochas parecía sentenciado.


lunes, 29 de agosto de 2011

Tobogán


Desde acá arriba me creo invencible, poderoso. Como si el control del universo entero estuviera en mis manos. Sin embargo, un incomprensible deseo me impulsa hacia abajo. Por eso, en unos segundos, emprenderé el impostergable descenso.
Eso sí, lo haré con el envión adecuado. Pretenderé bajar erguido hasta hundir mis pies en la arena. Quiero sentirme como aquel gallardo conquistador que, insaciable, saltó desde su carabela a la playa para colonizar un nuevo mundo.
 

sábado, 21 de mayo de 2011

Cosas de bebés - Bonus Dedicado


Para Favio

De repente, bajo nuestra atenta mirada, apoyó su inseparable chupete celeste sobre la sillita de plástico y siguió corriendo detrás de la pelota. Ese fue el preciso instante en el cual decidió comunicarnos que ya era grande para usar cosas de bebés.


lunes, 28 de febrero de 2011

Probabilidad de chaparrones


Llovía. Llovía sin parar. Y el horizonte no parecía traer buenas noticias respecto del clima. Las delgadas gotas golpeaban una y otra vez, incesantes, la gruesa madera de la embarcación, que se resistía a ceder.
El viejo, envuelto en su blanca túnica, observaba por la pequeña ventana hacia el horizonte. La incansable llovizna humedecía su rostro. Llevaba horas en esa posición, acariciando su larga barba, aunque el viento y la tormenta lo obligaban a entrecerrar los ojos para ver a la distancia. Nada.
Ya sin claridad, ni en la mirada ni en los pensamientos, desistió de seguir allí, solo, en la proa. Sabía que se avecinaba otro señero atardecer y decidió entrar para reunirse con su familia: “Quizás mañana amaine un poco”, pensó Noé.


lunes, 22 de febrero de 2010

El color de la pasión

 
"Te acepto lo que quieras", le espetó ella con un tono que dudaba entre el reproche y la comprensión. Y, pacientemente, siguió con la enumeración.
- "Te banco que los domingos no vengas a comer a casa de mis viejos porque te vas a la cancha. Te acepto, incluso, que los miércoles te vayas con tus amigos a ver un partido de no sé qué Copa. Hasta me aguanto que uses esa camiseta sucia que no lavas hace años, por cábala. Es más, te permití que la primera palabra que le enseñaste al bebé no fuera mamá o papá, sino el nombre de tu bendito equipo de fútbol…". 
Y casi sin respirar, terminó con su reclamo:
- ¡¿Pero esto?! ¡Ahora sí me cansaste, Ernesto! ¡Andá ya mismo y dejá la pared del frente de casa como estaba!

lunes, 11 de enero de 2010

Deseo de una tarde de verano


Aquel verano hizo mucho calor. Eran tiempos en que la familia aún veraneaba toda junta en alguna playa desierta del sur de la provincia. Por eso los dos hermanos, todavía niños, pasaban solos la mayor parte del tiempo a la orilla del mar. Hablando, nomás. Peleando, de a ratos. Soñando, casi siempre.
- ¿En serio me decís? ¿No me estás cargando? ¡Mirá que le digo a mamá! -desconfiaba el más pequeño.
- ¡En serio, nene! ¿Para qué te voy a mentir? -garantizaba el otro, con esa dudosa sabiduría de hermano mayor.
- Entonces... ¿Qué tengo que hacer? -se arriesgaba el chiquito.
- ¡Facilísimo! Tenés que cerrar los ojos y pensar en tu deseo justo cuando la ola te moje los pies… ¡Y listo! -aseguraba el más grande.
- ¿Nada más?
- ¿Viste? ¡Nada más! El mar se lleva tu deseo hasta que vos crezcas. Después, cuando seas grande y vuelvas a pararte acá, la ola regresa, te moja los pies y… ¡Zas! ¡Se cumple tu deseo!

lunes, 7 de diciembre de 2009

El Molino abandonado

Desde 1997, el Café del Molino, en Callao y Rivadavia, se encuentra en estado de abandono. Ahora me enteré que por iniciativa de una legisladora porteña se busca la expropiación del edificio para recuperarlo para la ciudad. Ojalá. Porque es un “monumento” arquitectónico que sería una cuidada, concurrida y espléndida atracción turística en cualquier ciudad europea. Pero está en Buenos Aires. Y tal vez por eso está como está. Tal vez por eso le resulta indiferente a los millones de almas que pasan por su puerta cada día. Porque no está escondido, no. Está en el kilómetro 0, en el corazón porteño, frente al Congreso Nacional. El año pasado escribí un pequeño texto que ahora comparto con ustedes. Porque el Café del Molino está en mi barrio y lo quiero ayudar.

Don Juan no vive en el barrio de Congreso, viene desde Barracas. Se despierta tempranito para ver por la ventana de la cocina, como el sol mañanero le da brillo a las verduras de la quintita del fondo. Después, se viste sin apuro y sale para tomar el 12 que lo deja en Rivadavia y Callao, al pie del Molino.
Hoy abandonada, cubierta por afiches y paneles azules de hojalata, la esquina parece sentir vergüenza de su estampa y, por eso, se presta como testigo silenciosa de otra “marcha de los jubilados”.
Desde hace más de 16 años, ahí se juntan cada miércoles los abuelos y abuelas argentinos que esperan por lo que les corresponde después de tantos años de trabajo.
Es cierto, el lugar es el mismo, pero por suerte algunas cosas cambiaron. Comenzaron en oscura década “menemista” y se hicieron “abonados” a la tradicional esquina.
Hubo un tiempo, incluso, en que sus encuentros terminaban con feroces incidentes, porque “un tal Corach” los mandaba reprimir con el bastón fácil de la maldita policía. Pero ni siquiera entonces desistieron de sus reclamos. Al contrario, hicieron de su lucha una emblemática postal frente al Congreso.
Y siempre en las alturas, el otrora espléndido Molino contempla solidario las fotos de una sociedad en decadencia. Aquel anfitrión distinguido en miles de reuniones, hoy no es más que el descuido manifiesto de una ciudad que lo deja de lado. Tan parecido a nuestros abuelos, sabe mucho de abandonos.
Abajo, en tanto, en esa esquina de baldosas flojas y sucias, rebotan todavía los cansados gritos de la marcha.
Pero los políticos siguen sin escuchar.
El Molino, todavía sin brillar. Y los abuelos, sin cobrar.
 

lunes, 5 de octubre de 2009

De madrugada

De día me enloquece, me agota. Siento que me abruma y me desespera. Es casi como cualquier otra y, muchas veces, la creo única. Otras, en cambio, le tengo miedo y la odio.
También intenté dejarla. Pero no pude, porque al anochecer se enciende. Me enamora nuevamente. Se transforma por completo y se calma. Se pone linda como ninguna. Misteriosa, me atrapa. Me seduce, me inspira. Su espíritu trasnochado me cautiva. Como en esta madrugada templada de octubre, es hermosa mi ciudad con sus noches.


domingo, 20 de septiembre de 2009

Domingo



Cuántos libros, párrafos, palabras y letras podrían gastarse para describir la sensación de tristeza que nos invade en una tarde cualquiera de domingo.
Cada uno siente y vive de manera diferente esta amarga procesión pero todos, en algún instante, se dejan alcanzar por una profunda angustia. Y las causas pueden ser tan diversas y personales como seres humanos existen en el planeta.
Termina el descanso del obrero; el padre deja a sus hijos en la casa de su ex esposa; una adolescente prepara la ropa que se pondrá a la mañana siguiente para ir a la facultad; desde la ventana de su cuarto el anciano observa a su familia alejarse del asilo...
Todos diferentes entre sí, pero unidos por un esperanzado deseo: Retrasar al máximo el crepúsculo opaco del domingo y evitar el cansino amanecer del día siguiente.
Pero también existen almas que no conocen la diferencia entre un martes y un domingo porque para ellos todos los días son iguales. La vida no les mostró el encanto de un ruidoso almuerzo familiar o un paseo por las soleadas plazas de la ciudad.
Para ellos, a veces, el día se confunde con la noche y el descanso no es más que una palabra muy utilizada por otras personas. 
Sea como sea, inevitablemente, mañana será lunes.


martes, 15 de septiembre de 2009

Malos augurios

El timbre del teléfono sonó 16 veces antes de que, sin respuesta del otro lado, una operadora automática diera por finalizada la comunicación. Era demasiado tarde quizás. Envuelto en ira y dominado por la frustración del silencio, estrelló el auricular contra el aparato. Un trozo de pared, viejo y descascarado, cayó sobre sus pies.
Sin pensarlo, dio la vuelta directo hacia la calle pero al pasar frente a la barra dejó un billete de 50 junto al vaso de whisky, aún por la mitad: “Por los daños al aparato”, dijo. No deseaba que el barman sacara un garrote de abajo de la barra y se lo partiera en la cabeza por hacerse el desquiciado en su bar y contra su teléfono público. No era la idea. 
Una espesa neblina dominaba la noche. A esa hora, en las calles no quedaba mucha gente y las pocas pálidas luces de la ciudad no alcanzaban para disimular otra madrugada triste, solitaria y ¿final?
También iba a resultar difícil encontrar un taxi, así que levantó el cuello de la campera y echó a andar hacia el hotel.
El revólver seguía en su cintura algo nervioso, pero cuando llevó la mano al bolsillo del pantalón, sus peores pensamientos se volvieron realidad: “Malditos cigarros, buen momento para acabarse”, pensó.
 

martes, 21 de abril de 2009

Incoherencias III

El hombre tenía miedo a volar y, aterrado, observaba la automática explicación de la azafata sobre la utilización del chaleco salvavidas. 
“Sería más útil un paracaídas”, reflexionó. Pero en realidad sabía que éstos están a disposición de los pasajeros en todos los cruceros que surcan los mares.