lunes, 8 de febrero de 2010

Dilo tal como es

Alguna vez, en la intimidad de mis pensamientos, sostuve firmemente una idea que creía irrefutable. Y lo fue, hasta el día que la expresé en público.
Al escucharla, mientras la compartía con los presentes, yo mismo me indigné por lo equivocado que estaba y lo ridícula que sonó mi "ex idea".
Pero necesité expresarla, decirla en voz alta ante un improvisado auditorio para darme cuenta de mi error. Es frustrante, se los aseguro. La había pensado durante tanto tiempo y en una fracción de segundos, se desintegró.
Fueron meses enteros, años quizás, convencido de algo y de repente: ¡Pum! “cross de derecha” directo al mentón.
Que horrible fue descubrir que aquello que daba por cierto, no lo era. Y, encima, sentir la reprobatoria mirada de los fortuitos tertuliantes. Sólo remarcaban mi frustración.
Hoy volví a sentir esa desagradable sensación. Ahora, mientras contaba lo que me había ocurrido con aquella irrepetible idea. Acá, con ustedes, mi azaroso auditorio ciberespacial. Los mismos que me harán volver a sentir esa inquisidora mirada de reprobación.
Pero es tarde, porque ya les conté.
¿Nunca les pasó que dijeron algo y en el mismísimo instante que lo hicieron, supieron que era una equivocación? Tal vez por simple, o por inocente, o por ridícula, o por incomprensible, o tonta.
Pero si bien es muy vergonzoso hacer ciertos comentarios en público; me parece mucho más triste dejar encerrada una idea, por pequeña que sea, en la fría y solitaria habitación de mis pensamientos.
Sepan disculpar la molestia. Se me ha escapado una reflexión.


lunes, 25 de enero de 2010

La escuela de la vida

Esto sucedió una tarde cualquiera, en una de esas discusiones que surgen de la nada, siguen por envión y terminan con escaso sentido. Mi padrino, un tipo cercano a los 40 y sin más remedio que aceptarme por las obligaciones familiares, me llevó con él al bar donde se juntaba religiosamente cada tarde con sus amigos. 
Ahí, señoras y señores, asistí a una de esas enseñanzas que te da la “escuela de la vida”, de las que no encontras en un libro o academia. Una "charla de café” reservada para mayores y en la cual, obviamente, no podía participar con mis inmaduros 14 años.
Acaloradamente, padrino y sus 5 amigos discutían una de esas cuestiones que, prácticamente, definen toda tu masculinidad: ¿Quién fue el mejor James Bond de la historia, Sean Connery o Roger Moore?
Sin mayores precauciones, desde mi irrespetuosa y moderna adolescencia, irrumpí entusiasmado entre esas voces para proponer en el debate a un Pierce Brosnan o Daniel Craig.
¡Para qué! En instantes nomás alcancé a comprender la imperdonable falta de respeto que había cometido.
Al silencio inmediato e incómodo que surgió por mi  desacertada interrupción, continuó una fulminante concentración de miradas sobre mi diminuta humanidad. “Quién dijo a usted que podía opinar”, parecían recriminarme esos ojos.
- ¿Qué decis, pibe? -saltó padrino, haciéndose cargo de su responsabilidad al llevarme al santuario de sus tertulias. Reconocí tanta indignación en sus palabras que por un momento temí que me diera vuelta la cara de un sopapo.
Y en la desesperación por evitar ese inminente golpe, intenté explicar verborragicamente que los nuevos actores que interpretaron a 007 tuvieron buena aceptación, tanto de  los críticos como del público. 
Pero a esa altura a nadie le importaban mis palabras y los seis pares de ojos seguían atónitos, recriminatorios, arrojándome silenciosos insultos.
- ¿Nuevos actores…? -chapuceó lentamente otro de los tertulianos, asombrado por lo que escuchaba.
Luego siguió un silencio incomodo durante 10 o 15 segundos hasta que la conversación volvió a su cauce, llevada por la vergüenza ajena que sintió mi padrino ante el sacrilegio que había presenciado en su ámbito más sagrado.
- Lo que me molesta del escocés es la barba -prosiguió como intentando que todos se olvidaran de mi insolencia y volviera a reinar de fondo, únicamente, el monótono sonido ambiente del bar.
Por suerte, lo logró. Y así, con la misma inmediatez con que causé la interrupción en la mesa, el grupo me volvió a ignorar. 
Reconozco que solté un largo suspiro contenido e, internamente, supe que aveces es recomendable pasar desapercibido o, incluso, ser ignorado. Sin dudas, éste era uno de esos casos.
Así que, ya nuevamente en la muda intimidad de mis pensamientos, opté por un Sean Connery y sólo volví a emitir palabra cuando padrino me preguntó si quería otra cosa: “Un submarino con vainillas”, respondí con el tono de voz más humilde, por la lección aprendida.


lunes, 11 de enero de 2010

Deseo de una tarde de verano


Aquel verano hizo mucho calor. Eran tiempos en que la familia aún veraneaba toda junta en alguna playa desierta del sur de la provincia. Por eso los dos hermanos, todavía niños, pasaban solos la mayor parte del tiempo a la orilla del mar. Hablando, nomás. Peleando, de a ratos. Soñando, casi siempre.
- ¿En serio me decís? ¿No me estás cargando? ¡Mirá que le digo a mamá! -desconfiaba el más pequeño.
- ¡En serio, nene! ¿Para qué te voy a mentir? -garantizaba el otro, con esa dudosa sabiduría de hermano mayor.
- Entonces... ¿Qué tengo que hacer? -se arriesgaba el chiquito.
- ¡Facilísimo! Tenés que cerrar los ojos y pensar en tu deseo justo cuando la ola te moje los pies… ¡Y listo! -aseguraba el más grande.
- ¿Nada más?
- ¿Viste? ¡Nada más! El mar se lleva tu deseo hasta que vos crezcas. Después, cuando seas grande y vuelvas a pararte acá, la ola regresa, te moja los pies y… ¡Zas! ¡Se cumple tu deseo!

lunes, 14 de diciembre de 2009

Capítulo 2: La Tercera Migración (*)

A pesar del completo -pero irreal- dominio del mundo, aún es posible la exploración de centros despoblados, depósitos de viejos tesoros de épocas inmemoriales. En una de esas expediciones, descubrimos el enorme y amarillento libro. Al hojear algunos de sus relatos, comprendimos que la historia de la otrora llamada humanidad había sido un permanente vaivén de poder entre distintos grupos enfrentados. Supimos que más tarde o más temprano la historia se repetiría con nosotros, los sobrevivientes del cataclismo del año 3012. Este es un pequeño extracto del libro encontrado por la expedición.

“… Hacia el año 2060 el Tercer Mundo comenzó un proceso de transformación paulatina por el cual dejó de ser Periferia y, gracias a sus recursos naturales, se convirtió en potencia hegemónica.
Plagas, epidemias y pandemias cubrieron la tierra, reduciendo drásticamente la población total. El petróleo se agotó, los cultivos ya no crecieron y las reservas de agua se secaron en casi todo el planeta: Excepto en las Américas.
Hasta ese momento, las mejores tierras patagónicas eran vendidas a empresarios extranjeros, los recursos naturales eran manejados por empresas extranjeras y 2 o 3 Holdings se constituían como dueños absolutos de todos los servicios y productos.
Afortunadamente para las Américas, esa época quedó perdida en décadas oscuras gracias a la revolución y apropiación encabezada por los habitantes naturales, conocedores del clima, recursos y la geografía de la región. Esas fueron sus mejores herramientas para expulsar a los invasores y recuperar sus posesiones que, años más tarde, con la crisis que dominó al mundo a mediados del Siglo XXI, dejó al desnudo lo precario de las llamadas economías centrales, basadas en impalpables sistemas financieros. Así nació el Gobierno Central de las Américas (GCA).
A partir de entonces, los llamados “Amerindios” lograron mutar su estructura política hacía un maduro sistema de integración y fortalecimiento regional que repercutió en la consolidación de una sociedad integrada y convencida de la importancia de alcanzar una conciencia verdaderamente americana.
Ya hacia el año 2070, una nueva potencia dominaba el mundo a partir del racionamiento de recursos elementales para el resto de las regiones. Reservas de agua, minerales, gas, petróleo, cultivos y demás, constituyeron un patrimonio sin parangón que ridiculizó la aplicación ciega del antiguo capitalismo sustentado en cotizaciones y valores intangibles.
Esos años se conocieron como los de la “Tercera Migración” y fue un período que se extendió hasta la primera década de la siguiente centuria. Las corrientes migratorias volvieron a cambiar de sentido y la ex Argentina, se preparaba para recibir a miles de europeos y asiáticos que huían de sus desgracias. Pero el joven Gobierno Central de las Américas (GCA) se adelantó y, basándose en antecedentes centenarios, dictó una dura Ley de Inmigración. Los inmigrantes provenientes de Europa serían recibidos bajo las mismas condiciones que supieron imponer ellos allá por el lejano segundo milenio. Sucedió que los miembros del Comité General del GCA, en su mayoría, eran descendientes de quienes debieron soportar la altanería y desprecio cuando las bondades de la otrora poderosa Comunidad Económica Europea regían los destinos del mundo. El viejo continente olvidó pronto que esos que llegaban eran los mismos que les habían abierto las puertas de sus países cuando los horrores de la Segunda Gran Guerra expulsaban a millones de europeos.
La característica primordial de este nuevo período fue la permanente llegada de ciudadanos que imploraban para formar parte de la nueva nación de las Américas. Los nativos, cansados de siglos de abuso, explotación y desprecio por parte del denominado Primer Mundo, dedicaron años y años a saciar su sed de venganza…”

(*) Fragmento del Capítulo 2: “La Tercera Migración, del libro “Crónicas del nacimiento del Nuevo Gobierno Central de las Américas”. Por el Dr. Waldemar Sepúlveda. Bloque de Cochabamba, Región Americana. Año 2088. Editado por Huacamani, Libros Microsystemas - ediciones especiales en papel.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El Molino abandonado

Desde 1997, el Café del Molino, en Callao y Rivadavia, se encuentra en estado de abandono. Ahora me enteré que por iniciativa de una legisladora porteña se busca la expropiación del edificio para recuperarlo para la ciudad. Ojalá. Porque es un “monumento” arquitectónico que sería una cuidada, concurrida y espléndida atracción turística en cualquier ciudad europea. Pero está en Buenos Aires. Y tal vez por eso está como está. Tal vez por eso le resulta indiferente a los millones de almas que pasan por su puerta cada día. Porque no está escondido, no. Está en el kilómetro 0, en el corazón porteño, frente al Congreso Nacional. El año pasado escribí un pequeño texto que ahora comparto con ustedes. Porque el Café del Molino está en mi barrio y lo quiero ayudar.

Don Juan no vive en el barrio de Congreso, viene desde Barracas. Se despierta tempranito para ver por la ventana de la cocina, como el sol mañanero le da brillo a las verduras de la quintita del fondo. Después, se viste sin apuro y sale para tomar el 12 que lo deja en Rivadavia y Callao, al pie del Molino.
Hoy abandonada, cubierta por afiches y paneles azules de hojalata, la esquina parece sentir vergüenza de su estampa y, por eso, se presta como testigo silenciosa de otra “marcha de los jubilados”.
Desde hace más de 16 años, ahí se juntan cada miércoles los abuelos y abuelas argentinos que esperan por lo que les corresponde después de tantos años de trabajo.
Es cierto, el lugar es el mismo, pero por suerte algunas cosas cambiaron. Comenzaron en oscura década “menemista” y se hicieron “abonados” a la tradicional esquina.
Hubo un tiempo, incluso, en que sus encuentros terminaban con feroces incidentes, porque “un tal Corach” los mandaba reprimir con el bastón fácil de la maldita policía. Pero ni siquiera entonces desistieron de sus reclamos. Al contrario, hicieron de su lucha una emblemática postal frente al Congreso.
Y siempre en las alturas, el otrora espléndido Molino contempla solidario las fotos de una sociedad en decadencia. Aquel anfitrión distinguido en miles de reuniones, hoy no es más que el descuido manifiesto de una ciudad que lo deja de lado. Tan parecido a nuestros abuelos, sabe mucho de abandonos.
Abajo, en tanto, en esa esquina de baldosas flojas y sucias, rebotan todavía los cansados gritos de la marcha.
Pero los políticos siguen sin escuchar.
El Molino, todavía sin brillar. Y los abuelos, sin cobrar.
 

lunes, 30 de noviembre de 2009

El bahiense que no fui

A Manu. Con admiración de jugador de básquet que no pasó de Cadetes.

Elegimos el mismo deporte. A mí me largó temprano, como un tiro desesperado en el último segundo. 
A vos, te abrazó como a su jugador franquicia. 
De chicos idolatrábamos al mismo volador de Chicago. Vos lo conociste, él te vio y también te admiró. 
Tuvimos el mismo delirio de gloria, como todos los que pasamos por este deporte. Vos lo vivís día a día. Yo lo disfruto a través tuyo. 
Llorás en cada derrota. Te juro que sufro con vos. 
Te admiran en todo el mundo. Yo soy uno más de tus fans. 
Saltas y festejas con cada título. Yo imagino que lo compartis conmigo. 
Tuviste lesiones terribles. Yo quería renguear por vos. 
Sos el sueño del pibe hecho realidad. Yo estoy orgulloso de que lo hayas alcanzado vos. 
Ganaste todo a base de trabajo, esfuerzo y sacrificio. Te admiro aún más por eso. 
Tenés el talento y la pasión del profeta. Yo, una fe ciega en tus manos. 
Seguís siendo un chico humilde. Aprendí a respetarte por ese gesto. 
Te calzaste anillos y medallas. Te aplaudí siempre de pie. 
Naciste en Bahía, cuna de los mejores. Yo quiero ser el “bahiense” que no fui. 


lunes, 16 de noviembre de 2009

La diosa fortuna



El fin de semana, un modesto matrimonio de un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, ganó en la quiniela unos 24 millones de pesos, algo así como 6 millones de dólares. Hacía 6 meses que, religiosamente, jugaban los mismos números. Nunca mejor usada la palabra religiosamente, pues sin duda esto fue un milagroso acto de fe. Por supuesto, a mí jamás me ocurrió algo así. De hecho, no he ganado ni una rifa. Tanta mala suerte tengo que desisto de comprar en lugares donde atienden por número, porque temo que nunca digan el mío.
Pero la fantasía siempre está sobrevolando y la consulta lanzada desde los medios de comunicación no se hizo esperar: Qué haría usted si ganara ese dinero.
Al principio me resistí a pensarlo siquiera, por esta cuestión de mi enemistad permanente con la diosa fortuna. Aunque después, más distraído, me dejé tentar por la propuesta.
Así fue que en pocos minutos salí a comprar una posada en el nordeste brasilero, una pequeña casa con bar a la playa en el caribe cubano y algo similar en alguna región de las islas Canarias. El resto, lo depositaría en una cuenta en Suiza.
Y luego, ya no pude detenerme: me puse a pensar en cómo lo haría, en qué momento del año estaría en cada lugar, qué tasa de interés me daría el banco suizo, quién atendería el bar cubano si yo estaba en Canarias…etc. etc.
Entonces, decidí que lo mejor sería quedarme con una sola inversión y vivir de los intereses que me diera la cuenta de Suiza. ¿Alcanzaría? ¿En qué otra cosa podría invertir? ¿Debería consultar un especialista? ¿Y si me estafaban y lo perdía todo?
Ya me había puesto bastante nervioso, y todo se complicó más aún cuando tomé conciencia de que en Argentina era probable que intentaran secuestrarme para pedir todo el dinero como rescate. Así que, sin perder tiempo, comencé a diagramar el plan de escape inmediato para cuando recibiera el dinero.
La cuestión es que estuve alrededor de media hora pensando estas cosas. Divagando, en realidad, pero con la preocupación y seriedad que ni siquiera los verdaderos ganadores se habían planteado.
Que patético me sentí. Después pensé que era mejor no ganar todo ese dinero, porque no sabría enfrentar tantos problemas y decisiones nuevas que llegan con el premio.
Repuesto ya de mi exceso de estrés gratuito, salí a la calle y fui a la panadería. Tomé un número, el 43. Iban por el 18 recién, pero pacientemente sonreí a los demás clientes. En mi interior estaba feliz de saber que nunca debería preocuparme por una inesperada y suculenta visita de la diosa fortuna.