lunes, 26 de julio de 2010

Faccia Bruta



Algunas crónicas de los diarios italianos de principios del 1900 ya mencionaban su brutal forma de matar. Pero eso, por estas tierras, recién se supo muchos años después, cuando la policía lo atrapó antes de robar el Banco Metropolitano, en 1929. 
Hasta ese entonces, ni la prensa ni las autoridades habían establecido vínculo alguno entre los hechos ocurridos en la vieja Europa y los que sacudían la cansina tranquilidad de la pampa argentina. Los métodos eran los mismos y los resultados también, pero nadie -o casi- conocía al autor. Tal vez, ninguno sobrevivía para describirlo.
Los periódicos de la península europea hablaban de “il macellaio”, mientras que tiempo después, los periodistas argentinos adoptarían el término “Carancho” para referirse a la misma retorcida mente criminal. Mucha sangre, cuerpos irreconocibles y una interminable cantidad de puñaladas eran su marca. Parecía que mataba por placer.
“Otro golpe sangriento del Carancho”, remarcaban los grandes títulos a cinco columnas de los matutinos. 
Por cierto, nunca quedó muy claro de dónde provenía ese apodo. Aunque si uno profundizaba en el tema, descubría que había otra gente, unos pocos inmigrantes que vivían en zonas desoladas del interior del país, que también lo llamaban “Faccia Bruta”. Eran aquellos con los que había cruzado el Atlántico, escondido en algún barco de carga. Ellos sabían en realidad quién era Pietro Giovanni Dellamata.
Los asaltos del perturbado personaje habían cautivado la atención de los periodistas, intrigados por tan sanguinario comportamiento. El mismísimo Departamento Central de Policía, que hasta el 15 de agosto de 1929 no había sospechado quién era “Faccia Bruta”, se enroscaba en furiosas discusiones imaginando la identidad del criminal que llevaba más de 5 años robando y matando sin piedad.
La relación con el crimen de ese italiano proveniente de Sicilia había comenzado mucho antes de pisar suelo americano. Algunos sostienen que cuando llegó a la Argentina intentó reformarse y consiguió un trabajo como sereno en un edificio de la calle Moreno. El lugar servía de aguantadero para un grupo de anarquistas españoles que se reunían ahí para planificar sus “manifestaciones”.
Pasó poco tiempo hasta que Pietro se relacionó con los revolucionarios y, a los 3 meses de vivir en Buenos Aires, ya había “reventado” un par de Comités y tajeado a 4 personas. De momento, justificado por fines políticos.
Aunque Pietro lo hacía por placer, para sentir esa sensación de éxtasis y poder que le producía cortar a su víctima hasta dejarla desfigurada. Claro, también lo hacía por dinero. No estaba acostumbrado a vivir con el mísero sueldo de sereno porque, además de matar, le gustaba mucho la bebida y la buena vida de los prostíbulos de La Boca.
En esos tugurios, justamente, era donde abrazaba todas sus pasiones y lujurias. Podía estar besándose con alguna criolla tetona y, dos segundos más tarde, asesinando a algún perejil que le había mirado de reojo a la mina. Ahí, al resguardo de lo clandestino, ni debía esconder el placer que le generaba atravesar con un cuchillo a una persona. Después se tomaba un vaso de caña y volvía con la puta, sonriendo como un chico que hizo una travesura y sabe que su mamá no lo regañará.
La historia de Pietro la descubrí por casualidad hace unos años, mientras hojeaba unos viejos ejemplares de La Nación en la Hemeroteca del Congreso. No había mucha información. Sus andanzas concluían en la edición del 16 de agosto del `29, el día siguiente a que lo atrapara la policía. Esa crónica relataba cómo unos 35 oficiales irrumpieron en un conventillo de Barracas y sorprendieron al “malviviente”, gracias a una denuncia anónima, en una situación “bastante comprometedora”. No pude indagar aún cuál era esa situación y cuán comprometedora. O para quién.
Lo cierto es que ahí nomás le pusieron los grilletes y quedó a disposición del Juez, según declara en el artículo el Comisario Rafael Nieto. Nada más. 
No hay crónicas que mencionen algo sobre la sentencia, cuándo lo juzgaron, dónde lo encerraron o cuál fue esa extraña situación en la que lo sorprendieron. Como un fantasma, Pietro dejó de aparecer en la prensa y su leyenda se borró como las huellas en la arena junto al mar. Como sucede habitualmente, al caer el asesino, nuevos crímenes y sucesos habrán captado enseguida la tención del público y el interés de los medios.
Desde entonces, cada vez que por algún motivo laboral repaso viejas crónicas policiales de los diarios, presto especial atención por si aparece algo al respecto que se me haya escapado. Y hace unos días, revisando otras secciones de una edición de La Prensa, me topé con el final de la historia. En un amarillento ejemplar del 27 de julio de 1952, descubrí su obituario:

P. G. Dellamata (1894-1952). Con profundo pesar y tristeza participamos que el día 26 de julio de 1952 falleció Pietro Giovanni Dellamata, dedicado padre y esposo, inspirador ejemplo cívico. Su partida deja un vacío imposible de llenar, pero nos queda el legado de su obra que, sin duda, continuaremos sus numerosos discípulos en todo el mundo.

Estaba muy claro ahora por qué la muerte de semejante criminal había pasado inadvertida en aquellos agitados días. El Carancho, Faccia Bruta o il macellaio, murió el mismo día que Eva Duarte de Perón.
A pesar de la íntima y ridícula satisfacción que me provocó ponerle un final a la historia de vida de este personaje, un extraño escalofrío me recorrió la espalda: Había personas en este mundo que no sólo lo recordaron y homenajearon, sino que lo admiraban y continuarían su obra.


lunes, 28 de junio de 2010

Pasión Argentina

Esa vergonzosa-orgullosa exaltación sin mesura ni censura.  

En un partido de cualquier selección argentina, la canción patria no se canta, se siente. Los jugadores saben que el Himno Nacional sale de muy adentro, de lo más profundo de ese pecho bien inflado de gloria. Saben que el grito bajará desde las tribunas y los acompañará con ese emotivo “oooooo…” -que impusieron los Pumas- y que desde entonces sale de las miles de gargantas argentas presentes en cualquier estadio del mundo. Y saben que se trata del grito que antecede a la batalla, antes que de una solemne entonación musical.
Los argentinos no sabemos alentar con esos tibios “a por ellos oe…”, “Chi Chi Chi, le le le…” o “cielitos lindos”. En las canchas nuestra música dice, habla de empuje y coraje, de sangre en las venas, de pelear cada pelota como si fuera la última, de salir con la ropa sucia y la camiseta transpirada, de correr hasta el último aliento para dejarse todo sobre el césped. Y, sobre todo, habla de epopeyas heroicas que forjaron el temple argento en el pasado, para vivir la grandeza del presente.
Así vive el fútbol un argentino, sépanlo propios y extraños. Con pasión, ganas, sufrimiento, garra y, especialmente, con orgullo. Ése que solamente se siente si gritas el gol de Diego a los ingleses cada vez que lo ves, o te reíste cuando -jugando con el tobillo arruinado- dejó afuera del mundial a los brasileros, o puteaste con él cuando nos silbaban los italianos, o caminaste resignado a su lado para el dopping del ´94, y te emocionaste con sus lágrimas de derrota en Italia ´90.
Porque para entender al fútbol argentino, primero tuviste que sufrirlo y emocionarte. Alentar a esos once titanes aunque vayan perdiendo y llorar desencajado, abrazado a un desconocido, porque ganaste o perdiste en el último minuto.
El fútbol argentino se disfruta porque se vive apasionadamente. Como hacemos casi todo. Y esa pasión es, justo, la que nos distingue en todas partes. Porque es fácil decirnos soberbios, pero les cuesta más reconocernos algunas, pocas, virtudes.
Porque las 2 estrellas sobre el escudo que lleva la camiseta argentina no representan nomás los Campeonatos del Mundo ganados, sino que recuerdan los “dos huevos” enormes que debe tener el jugador que la viste. Para que sientan vergüenza cuando reciben un gol y sepan que si no se puede con habilidad, el partido se gana con temperamento. Ese valor agregado que inunda el alma del jugador argentino y lo hace diferente, casi único, en cualquier cancha del planeta. Porque solamente un argentino juega -y alienta- con los dientes apretados todo el partido…
El “dejar la vida en una cancha” no se consigue en ningún otro lado. De ahí, señores, el respeto ganado por la celeste y blanca a lo largo de los años. Porque esta gloria se alcanza con historia, ni más ni menos. Y esa camiseta tiene mucha historia. No se inventa en un laboratorio, ni en la oficina de marketing, ni se compra en el mercado. No, señor. Esa mística nace, se cría y se forma en las calles de tierra, en el caserío de chapas y en el potrero gastado de una esquina.
Por el empuje de Kempes, el desparpajo de Messi, el batallar de Batistuta, la fiereza de Simeone, el alma de Fillol, la irreverencia de Ratín, la sutileza de Redondo, el guante de Verón, la gambeta endiablada del Burrito, los huevos de Blas Armando, la picardía del Bambino, la corajuda desfachatez de Tévez, la sutileza paciente del Bocha, la imprudencia y la categoría del Charro, el inagotable pique del Canni, la guapeza de Mascherano, la claridad de Labruna, la locura de Gatti, el pase justo de Riquelme, la perseverancia de Palermo, la magia del Diego… Y tanto, pero tanto más.
Por todo esto, el argento lleva la frente en alto y el corazón hinchado de felicidad al ver a su selección. Aunque llore, aunque sufra, aunque putee sin parar.
Una pasión así de grande no se puede explicar. Por eso, perdónenme la falta de respeto, pero esto que escribo sólo lo entenderá un argentino de alma, en lo más profundo de su corazón.

(Escrito luego de un partido de la selección en el Mundial de Sudáfrica).

"…La va a tocar para Diego. Ahí la tiene Maradona; lo marcan dos, pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha el genio de fútbol mundial, y deja el tercero ¡y va a tocar para Burruchaga! Siempre Maradona... ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... ¡Goooooolll!! ¡Goooooolll! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golaazo! ¡Diegooooo! ¡Maradooona! ¡Es para llorar, perdóneme! Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos, barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste? para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina... Argentina dos; Inglaterra cero. ¡Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona! Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por éste... Argentina dos; Inglaterra cero".
(Relato de Víctor Hugo Morales. México, 22 de junio de 1986).

lunes, 14 de junio de 2010

La muerte no está en la TV

Hace una semana observé la noticia por primera vez en el televisor. Lo habían masacrado de 8 tiros a quemarropa en la puerta de su casa para robarle veinte pesos y un teléfono móvil. Su familia presenció todo desde una ventana.
Él había bajado del autobús a dos calles y dobló en la esquina como cada tarde. Quería llegar pronto para levantar en brazos a su hijita.
La noticia duró poco más de 3 minutos en el informativo, mezclada entre muchas otras sobre el mismo tema y, la verdad, pasó casi desapercibida. Creo que a veces preferimos no ver ese tipo de historias. Ignorarlas parece la mejor manera de eludirlas para no pensar que podría sucedernos a cualquiera de nosotros.
Al día siguiente la volvieron a repetir, ahora con una foto de él, su esposa y la nenita. Parecían una familia feliz, como tantas otras. Su esposa era maestra de escuela, en el mismo barrio donde se habían conocido 30 años antes. Desde entonces estuvieron juntos, se casaron y tuvieron una nena, Betiana.
Él trabajaba en el centro, era cajero en un banco. Después de 20 años, se las arreglaba para darle un digno pasar a la familia y hasta se pudo comprar con mucho esfuerzo una casa en Avellaneda.
En el reporte de la televisión aparecía mucha gente en la vereda. Todos lloraban y sostenían coloridos carteles con una sola y repetida palabra: “Justicia”. Se los veía muy enojados, nerviosos. Parecían personas trabajadoras, humildes… Desprotegidas, inseguras, temerosas. 
Una semana después volvieron a repetir la noticia del banquero asesinado para informar que la policía detuvo al sospechoso. Un chico de 15 años, que había cometido otro crimen similar.
Esta vez presté atención a la noticia, aunque la veía de lejos en otro televisor. Estaba en un cuarto demasiado blanco y silencioso.
Transcurrieron 7 días ya desde que Betiana dejó de abrazar a su papá y pensé en el alivio que sentiría la esposa por la novedad en el caso. Pero inmediatamente comprendí que no existía ninguna sensación favorable en todo esto. Sobre todo para la familia del banquero.
La velocidad de las noticias pasó a los resultados de la liga de fútbol y decidí apagar el televisor. No podía dejar de pensar en esa familia y en la poca atención que le presté aquella primera tarde a lo ocurrido con Betiana y su papá.
En eso estaba cuando entró en la habitación mi esposa, con mis hijos y el doctor. Todos sonreían, parece que la evolución de mi herida era buena.
Mi familia, por suerte, no tuvo que observar impotente desde una ventana como me asaltaban en la puerta de casa para llevarse mi auto. Todo lo que recuerdo es a dos personas nerviosas y el brillo gris de un revólver. Después, un estruendo, un ardor intenso en el abdomen y la oscuridad total.

martes, 25 de mayo de 2010

Una noche de mayo, hace ya más de 200 años


A esa hora de la noche, una suave brisa con aroma a sauces húmedos llegaba desde la orilla del río. Las velas, casi extintas, alumbraban aún el cómodo salón donde se había realizado la cena entre las figuras que encabezaron la declaración de independencia criolla, cansados de soportar la tiranía de la corona española.
Muchos de esos protagonistas ya se habían retirado a la casa de Doña Mariquita Sánchez de Thompson para continuar la celebración con un poco de música. Sin embargo, dos caballeros aún continuaban la tertulia, con una copa de brandy de Charente en la mano y la mirada perdida en la extensa llanura salvaje que se adivinaba por una de las ventanas.
- Mi querido, Manuel, hemos sembrado la semilla para el nacimiento de una gran nación. Un lugar que reunirá el poderío español, la nobleza británica y la sabiduría francesa. Ojala, apreciado compañero, esta lucha no haya sido en vano y dentro de varios siglos todavía se recuerde este momento como uno de los más importantes de la historia americana.
- Ojala así sea, Cornelio. Lástima que ya no estemos todos reunidos como esta mañana en el Cabildo. Rápida fue la declaración y más aún lo fue la dispersión. Cómo puede ser que Matheu y Larrea no hayan venido. Encima de todo, escuché que Azcuénaga no está conforme con vuestra designación y planea convocar a una asamblea general el próximo lunes.
- Pero Manuel, si esta mañana tan sólo nos liberamos de los españoles, cómo vamos a estar discutiendo acerca de nombramientos y disputas de poder. ¿En qué lugar del mundo puede ocurrir algo tan ridículo como eso? Por favor, no diga disparates.
El ruidoso empujón a las pesadas puertas de madera sobresaltó a los tertuliantes que disfrutaban de la plácida sobremesa en el salón principal de la casa de Saavedra. Era Juan José Paso que llegaba con noticias frescas.
- Correligionarios, algo funesto está ocurriendo. Mariano se enteró de un plan secreto para asesinarlo y, junto a un grupo de sus seguidores, al grito de “el pueblo unido jamás será vencido”, prendieron fuego algunas ruedas de sulky y cortaron el acceso a la plaza principal que, por otro lado, estuve pensando que la podríamos llamar Plaza de Mayo ¿no?
Manuel Belgrano y Cornelio Saavedra no podían salir de su asombro. Cómo se había enterado Moreno del plan para matarlo y por qué no se les ocurrió a ellos el nombre para la plaza.
Ambas cuestiones los desconcertaron hasta que Don Cornelio, máxima autoridad de la recientemente conformada Primera Junta, habló.
- ¿Qué locura es esa de asesinar al joven y prometedor Mariano Moreno? Si es el cerebro detrás de esta Revolución. Es el único capaz de concretar nuestros ideales de grandeza y convertirnos en una nación próspera, humilde, seria y pujante para luego…
- Por otro lado -interrumpió Don Manuel Belgrano-, lo del nombre a la plaza lo podemos discutir más adelante, no le parece, Juan José. Pero ya que estamos, podemos llamar Primera Junta a la plaza del oeste, donde salen los carros y, claro, deberíamos ir pensando en construir una residencia céntrica para las autoridades, porque el cabildo va quedando un poco chico, me parece. También me gustaría que el camino amplio, ese que sale hacia el sur, lleve mi nombre… Ustedes, mis ilustres Saavedra y Paso, podrían hacer lo mismo con algunas arterias que están en el kilómetro Once.
- Perdóneme, pero si usted elige un camino ancho del sur, yo como Presidente del primer gobierno criollo voy a mandar construir un caserío al norte para mis seguidores y convertirlo en el barrio de mis votantes. Hasta creo que el lugar podría llamarse Saavedra, a secas -intervino indignado el otro-.
- Caballeros -medió con diplomacia Juan José Paso-, me parece que no es momento para estas disputas. ¿Acaso queremos dar este ejemplo a nuestros fieles partidarios? ¿Deseamos que los futuros gobernantes rijan los destinos de esta patria peleándose por calles, barrios o tomando medidas demagógicas? Nos independizamos para alcanzar un sueño de libertad, pero con la ética y sensatez que aprendimos de los grandes pensadores europeos.
Belgrano y Saavedra cruzaron miradas de alerta. Después, cuando adivinaron que ambos pensaban lo mismo, el primero cedió la palabra al recientemente elegido presidente.
- Escucheme una cosita, Paso. Me parece que usted y Moreno están todavía un poquito “verdes” para ser secretarios de la Primera Junta. A lo mejor conviene ubicarlos primero en otro lugar menos expuesto y, de a poco, que vayan sumando experiencia -explicó Saavedra sin disimular la envidia.
El Dr. Juan José Paso tampoco logró esconder la indignación en su rostro. De inmediato supo que, pocas horas después de lograr el gran objetivo, la codicia personal ya estaba sobrevolando el ambiente y conquistando el corazón de los otrora revolucionarios.
Las palabras explotaron en su boca como presagio de una hecatombe que se avecinaría en los próximos meses. Y tal vez, sólo tal vez, se extendería por siglos.
- Mire, Saavedra, sin el apoyo de mi gente usted no estaría donde lo pusimos. Y si lo colocamos ahí fue porque su rango militar impone cierto temor que nos resulta útil a la causa, por el momento. Pero si se va a hacer el loquito, le aviso que con Sarratea y Chiclana vamos a impulsar la formación de un Triunvirato para gobernar este suelo sagrado. Así que disfrute lo que le queda ¿estamos?
El abogado dio media vuelta y abandonó el salón con un portazo que apagó algunas de las velas. Los dos comensales vaciaron sus copas y, nuevamente, fue Saavedra quien habló.
- Se da cuenta, Don Manuel. Primero vienen al cuartel a pedir ayuda contra los españoles y ahora nos quieren sacar. Con gente así no llegamos ni a 1811, me parece.
- Ya lo creo -musitó tímidamente Belgrano-. No quiero ni pensar lo que le espera a esta tierra de aquí en adelante.
Un silencio incomodo, pero reflexivo, dominó el salón durante un par de minutos. Luego, prosiguió Belgrano.
- ¿Usted cree que en 100 o 200 años nos considerarán héroes por lo que hicimos esta mañana?

martes, 11 de mayo de 2010

Nunca duermas sobre sangre

El piso todavía estaba mojado. Podía sentir el líquido espeso y caliente contra su cara. Lentamente abrió los ojos. Estaba extraviado.
Cuando intentó levantarse comprobó que el mareo era más agudo de lo que esperaba y que, además, se correspondía con un fuerte dolor de cabeza, tal vez producto de algún golpe que no alcanzaba a recordar. Lo intentó, por cierto.
Su memoria sólo logró construir la imagen de una mujer, un hermosa morocha de cabellos largos, bailando a su alrededor. Ambos se veían felices.
Cuando finalmente se puso de pie, observó sus manos. Estaban húmedas y rojas. El olor era desagradable. Luego, se descubrió desnudo por completo, de pie en el living de su casa, sobre un enorme charco de sangre. Se sobresaltó.
Por instinto, nomás, buscó una herida en su cuerpo. Por suerte, no tuvo éxito. Recordó a la mujer, aunque tampoco ella parecía lastimada en el fugaz recuerdo que guardaba de ella.
La habitación estaba en penumbras, pero sabía que era su casa. La sangre cubría casi la mitad de la habitación y no había otras señales más allá de la circunferencia en la cual estaba parado. Recorrió el cuarto entero con la mirada. Estaba solo, aunque su sensación era distinta. Podía sentir la presencia de alguien más.
¿Qué había sucedido? Se preguntaba todavía atontado para realizar cualquier reflexión. Sus pies se despegaron con esfuerzo del pegajoso suelo y caminó rumbo a la cocina. Sacó hielo del refrigerador y lo colocó en su cabeza. El reloj marcaba las 13.20, con lo cual, había estado inconsciente toda la noche y la mañana. Su último recuerdo volvió a aparecer y ahí estaba esa hermosa mujer, danzando en el living de su casa, mientras él reía y disfrutaba de los movimientos sensuales de esa morena desconocida.
Se detuvo de repente. Otra vez estaba sobre el líquido rojo, todavía tibio. Se preocupó. Solamente tenía en su memoria algunos fragmentos de lo que había sucedido la noche anterior.
Volvió a mirar a su alrededor, esta vez con mayor detenimiento en algunos detalles. Su billetera estaba sobre la mesa, junto a las llaves del coche. Se dirigió hasta el baño y estaba intacto, vacío y sin manchas de sangre. Los rayos de luz del mediodía que entraba por la ventana lo obligaron a cubrirse los ojos con la mano. Luego entró en su cuarto y encontró ropa tirada. La camisa, el pantalón, los zapatos. También estaba el diminuto conjunto negro que llevaba la mujer. Lo mismo: Todo limpio.
Se desplomó sobre la cama y, recién entonces, recordó el momento en que ella dejó caer suavemente el vestido por su pálida piel, acariciando su silueta con movimientos sensuales, hasta dejarlo en el piso como una pequeña ciénaga de aguas oscuras.
Esto no estaba bien, pensó mientras se colocaba el pantalón. Terminó de vestirse y sin mucha prisa regresó al living. Todo se encontraba igual, aunque su mirada se detuvo bruscamente en el armario. Ahora, sin dudas, percibió que alguien lo observaba. Tomó un pesado bastón y se acercó hasta que, con la otra mano, pudo empujar la puerta.
Oscuridad y silencio. Una brisa proveniente de la calle sacudió las cortinas de la ventana. En el armario sólo había trastos y él esperaba encontrar otra cosa. Volvió sobre sus pasos y se sentó en el sillón. Por primera vez en más de 20 años de profesión, el detective Roger Bensson estaba aturdido y desorientado. ¿Acaso esperaba encontrar el cuerpo de la muchacha?

lunes, 26 de abril de 2010

El asesino interior

Siempre me gustaron los crímenes. Miraba muchas películas de suspenso y acción, leí en los diarios sobre asesinatos y las novelas policiales eran una pasión incontrolable. Balas, cadáveres, criminales, detectives. Culpables e inocentes. Todo se mezclaba en mi cabeza.
Con el tiempo, y sin darme cuenta, el interés se incrementó y empecé a leer ensayos, informes y cualquier otro tipo de material analítico sobre crímenes, asesinos y muertes. Asistía a conferencias y visitaba bibliotecas especializadas. Era como cualquier otra pasión, irresistible, un poco más obsesiva quizás, pero inofensiva. Al menos hasta ese momento.
Siempre fue así hasta un día en particular. Una jornada rutinaria, pero definitiva. Aquella vez estaba, como tantas otras veces, sentado frente a incontables papeles, estudios y pericias. En un preciso instante, después de mucho investigar -y tal vez sospechar-, descubrí que mis conductas, mi forma de vida, mis gustos e incluso mi perfil psicológico, eran similares a los de un asesino serial.
No cualquier persona con posibilidad de cometer un crimen, sino una de comportamientos identificables y puntuales; con inclinación a la reiteración para calmar algún tipo de patología.
Aquel día cambió mi vida. Al principio me aterroricé, luego me desesperé y finalmente, no sé cómo, mi mente se aclaró. Pedí ayuda, visité diversos profesionales y, finalmente, logré tener una conversación muy fructífera con un amigo de mi familia que trabajaba para la policía.
Después de darle muchas vueltas al asunto y con la convicción de que tan sólo yo sería el responsable de tomar esa decisión que defina mis actos, la dualidad se hizo presente ante mí: Podía dejarme llevar por esa predisposición y que fluya mi instinto más sangriento o bien, con un poco de esfuerzo y voluntad, podría utilizar mis “aptitudes” naturales para colocarme precisamente en la orilla contraria. Opté por la segunda opción.
Unas palabras de aquel amigo fueron determinantes: “No importa qué tipo de capacidades tengas, sino cómo las utilices”.
Algunas semanas después abandoné la carrera de abogacía para estudiar psicología y, luego de especializarme en conductas delictivas, comencé a colaborar como asesor para la INTERPOL. Nuevamente, ese amigo familiar tuvo algo que ver con el puesto de trabajo.
Al principio no sabía muy bien de qué manera podía utilizar mi “talento” pero cuando las consultas y los casos fueron apareciendo, era como si el camino se abriera delante de mis ojos.
En el primer crimen para el cual fui requerido, supe al instante que jamás hubiera podido ser un asesino exitoso, siquiera hubiera sido capaz de lastimar a alguien. La mirada de la víctima, con ese último destello de vida grabado, me marcó para siempre y me enseñó mi falencia, eso que me faltaba y que un asesino posee al momento de enfrentarse a otro ser humano con la decisión de quitarle la vida.
Más de 10 años después, todavía recuerdo el nombre de esa primera persona que no pudo evitar lo inevitable. El cuerpo, con 3 balazos en el pecho, apareció al costado de unas vías del tren. Ella se llamaba Teresa Mendoza y tenía apenas 22 años. Poco menos que yo cuando decidí que mi “asesino interior” no sobreviviría.

lunes, 12 de abril de 2010

De objetos y nombres raros

Hoy estaba charlando con mi amigo Diego, que vive en Illescas cerca de Madrid. No recuerdo bien por qué nuestra conversación derivó por el lado de lo difícil que era ser inmigrante. Por supuesto, no nos detuvimos en cuestiones profundas como el desarraigo, sino que nos dejamos llevar por temas más mundanos como el nombre de los objetos.
Por ejemplo, lo complicado que resulta para un argentino escuchar cuando un español dice que va a “coger” un autobús. Y no hicimos hincapié en el sinónimo de colectivo o bus, precisamente. En efecto cuesta integrarse así.
O, también, nos reímos mucho sobre aquella vez que intenté decirle a una amiga de su esposa, lo bien que le quedaba esa “pollera”. Claro, la pobre mujer me miró desorientadísima y se defendió: “Oye cabrón, que no soy ningún travestido para llevar algo para sostener la polla”.
Si era ahora a la distancia, parece lógica pura, nomás. Pollera, elemento para llevar o sostener la polla. ¡Cómo carajo la señorita lo iba a relacionar con su bonita “falda” de seda!
Después, está también la cuestión de los nombres. En mis épocas de bartender, me acuerdo, mientras compartía la barra con mi amigo y mentor Miguel -conocido como la “Fletch”- viví un episodio que ni en los sainetes más graciosos.
Tres niñas, muy divertidas ellas, llevaban horas bebiendo y en un momento preguntaron mi nombre. Luego de responderles con una simpática sonrisa ellas decidieron también presentarse.
- Hola, guapo. Soy Alma -deslizó amablemente la primera.
Queriendo resultar agradable, me mandé sin pensarlo demasiado.
- Alma… Qué lindo nombre ¿Es sevillano? -error, un grandísimo error de mi parte.
- En realidad -agregó ella sonrojándose- me llamo Almudena y me llamó así por la Virgen patrona de Madrid.
Juro que esa d final pronunciada como z nunca me sonó más interminable que esa noche.
- Mucho gusto, yo soy la Cari – dijo al instante la otra.
- ¡Ah! Carina. Podrías ser argentina tranquilamente -arriesgué confiando en que mi metida de pata no podía continuar. Pero la muchacha puso cara de pocos amigos y me corrigió a los gritos dejándome en claro que no se llamaba Carina sino… Caridad.
Impresionante. Que puntería tuve. Miguel no dejaba de reírse con mis desaciertos y me pareció que era un buen momento para terminar mi mala racha.
- Ok. Tú no me digas como te conocen tus amigos, sino cuál es tu verdadero nombre -dije con seguridad, mientras observaba a la tercera.
- Pues vale, yo me llamo Concepción y me dicen Conchita.
No era mi noche, definitivamente. Pero mejor, culpar a la dificultosa integración en otras culturas, ¿no?