jueves, 22 de diciembre de 2011

Errores de Piratas


Vicente Marras se libró desesperadamente de los fuertes brazos que lo sujetaban. Después, saltó a tierra firme y corrió sin mirar atrás, por el muelle, hasta perderse entre la gente que vagaba por el mercado del puerto.
A sus espaldas, contra el atardecer que se dibujaba en el horizonte del mar, el barco se bamboleaba plácido, todavía anclado.
El desalmado Capitán Valbuena revoleaba su espada por lo alto, gritando y maldiciendo a cada uno de sus brutos piratas. A uno de ellos, incluso, le estrelló el periscopio en la cabeza.
- Suelten amarras -repetía desquiciado, una y otra vez-. Me refería a que levanten las cuerdas para que zarpe el maldito bergantín, gilipollas. No que dejen libre a nuestro prisionero condenado a muerte por alta traición al código de piratería.
El sol era ya un recuerdo bajo el azul oscuro del océano cuando la voz gruesa y desalmada del Corsario español todavía retumbaba en la proa del galeón.
Sus salvajes bucaneros, otrora implacables seguidores en cientos de batallas y aventuras, se miraban unos a otros sin entender aún cuál había sido exactamente el error.


jueves, 15 de diciembre de 2011

Un padre hecho y derecho


Betito pasaba las tardes de verano frente a la televisión, esperando el permiso de mamá Betty para salir a jugar en el fondo. Sabía que antes tenía que bajar el calor, justo cuando el sol empezaba a meterse detrás de los sauces, en esas siestas interminables en Bragado.
Así pasaban los días en la descascarada casa, cerca del puente de la vía. Ahí fue creciendo Betito bajo la estricta mirada sobreprotectora de Betty. Aunque, cada vez más, el pequeño también disfrutaba del cariño cómplice de su hermana, Matilde, nueva esclava de los caprichos del menor de la familia.
Sin embargo, nada de esto pasaba con su padre, Ramón Alberto Astudillo. Don Beto, para todo el mundo. Con él, el chico mantenía una relación distante, de respeto inquebrantable y admiración incondicional.
A pesar que Don Beto sólo manejaba el tractor de la Municipalidad para alisar caminos de tierra en el campo, su hijo lo veía como un héroe que luchaba contra el malvado barro, líder de unas imaginarias fuerzas oscuras que deseaban dominar las calles del pueblo. Esa historia le había quedado por un cuento que le inventó Betty, cuando era un crío y no se quería dormir temprano.
Pero por sobre todas las cosas, de aquellos tiempos de niñez, lo que más guardaba el chico era la admiración hacia la figura paterna. Por lo general, una figura ausente, es cierto; pero bien notoria cuando volvía a la casa, a la hora de cenar. ¡Qué respeto que imponía ese hombre! Nunca hizo falta levantara una mano tan siquiera, a pesar de las interminables cagadas que se mandaba Betito. Si estaba el padre presente, alcanzaba con una mirada de lejos nomás. O, si no, la simple amenaza de Betty: “Ya vas a ver cuando llegue tu papá”. Santo remedio.
Así fue la cosa hasta que Betito cumplió los 15. Entonces, por fin, su padre le habló directamente después de cenar: “Desde el lunes, usted se viene a trabajar conmigo al corralón”.
De nada le sirvió esa mirada en busca de rescate maternal. Ella giró y siguió lavando los platos. Su hermana tampoco pudo ayudarlo ante semejante situación.
Betito agachó la cabeza en señal de resignación y, sin comer el postre, se fue directo a su cama para digerir el destino impuesto. No terminar el colegio parecía ahora un daño irreparable y eso que nunca fue bueno para el estudio. Ni le gustaba, claro. Pero la sola posibilidad de eternizarse en el corralón municipal, lo abrumó. Por lo menos al principio. Porque después, quizás por ese respeto a la investidura paterna, el chico dejó de darle vueltas al asunto y comprendió en que ese sería el camino a seguir. El único a la vista.
Poco a poco, Don Beto le enseñó a arreglar los motores de los tractores y Betito, como ya lo llamaban todos, sobrellevó sus primeros meses como empleado municipal ocupando también el puesto de cebador oficial de mates para toda la peonada del corralón. Hasta Don Braulio, el capataz, le había tomado cariño y lo mantenía ocupado con algunas changas en el pueblo.
Betito se había tomado muy en serio su nuevo rol y disfrutaba mucho más aún al ver lo contento que estaba su padre, que no paraba de contarle a todos cómo el hijo aprendía a ganarse la vida.
Cada vez que llegaba alguien, el pibe salía corriendo a buscar agua para la pava y, minutos después, ya estaba arrimando el primer amargo a los presentes.
Se lo veía pícaro, además. Y no era para menos. Estar todo el día alrededor de los hombres hizo que escuchara historias, conociera hazañas y aprendiera cuentos que "para su edad eran subidos de tono", como le confesaba Betty a su comadre, Vilma. Hasta que una noche, muy preocupada, le solté a su esposo:
- Beto, el chico anda repitiendo cosas feas, que todavía no tiene que saber, viste. ¡Tené cuidado, por favor, con lo que aprende en ese lugar! ¡El otro día lo pesqué contándole un chiste verde a la hermana! ¡No te rías, que es chiquito todavía!
Betito se ponía colorado como un tomate al escuchar a su madre. Don Beto, en cambio, se hinchaba de satisfacción: “¡Qué chiquito ni chiquito! Este ya es todo un hombre. En cualquier momento, mirá…”. Y prefería dejar la frase sin terminar por la cara de pánico y temor que ponía su esposa.
Pero el hombre, en secreto, ya estaba decidido. Y cuando su hijo cumplió los 16 se encargó de convertirlo en un hombre de verdad. Una tarde de verano, a la hora de la siesta, Don Beto mandó al pibe para que ayude a la señora que atendía el comedor del corralón.
Si se enteraba Betty lo mataba, seguro. Hasta era capaz de venir a sacarlo a escobazos, con los pantalones por los tobillos y todo. Pero, por suerte, nada de eso sucedió porque el debut sexual del pibe quedó como un secreto juramentado entre padre e hijo. Al menos durante cierto tiempo.
Betito se moría de ganas de contárselo a su hermana, por ejemplo. Aunque creyó que no lo entendería, tan soñadora ella: ¡Si todavía hablaba de príncipes azules y esas otras boludeces que piensan las chicas! ¡Qué le iba a andar contando que la Turca lo había hecho entrar a la pieza del fondo!
- Pasá, pasá. ¡No seas tímido! Tu papá ya me contó que me estuviste espiando en el vestuario la otra vez -dijo la voz dulzona de La Turca. Era cierto, sí. Pero dicho de esa manera parecía algo muy sucio, por lo que el chico no pudo contener la vergüenza. Y esa inocencia adolescente hizo asomar la sonrisa tierna de la mujer.
- Vení -le repitió-. Vení que ahora me vas a ayudar a cambiarme de ropa.
Sin darse cuenta, Betito estaba con las manos sobre los enormes pechos de la Turca; sintiendo, además, cómo ella deslizaba una de las suyas al interior holgado del pantalón. Después todo transcurrió de la mejor manera posible, gracias a la sabia experiencia de la mujer.
Le costó dejar la cama aquella tarde. No podía creer lo que había ocurrido. Acaso existía algo más lindo, se preguntaba mientras terminaba de vestirse. Y cuando por fin dejó la pieza y caminaba solitario hacía su casa, se sintió uno más del corralón. Un hombre hecho y derecho, igual que su padre.
Por supuesto, no contó nada de lo que había ocurrido y Don Beto, compinche,  tampoco preguntó. Le alcanzó nomás con ver la mirada pícara y cómplice de su hijo al llegar al hogar, justo un rato antes de que Betty los llamara a todos para cenar.
Algún tiempo después, sin embargo, Betito confesó todo a su madre y a su hermana mayor, que ya andaba por el segundo año del Magisterio y había aprendido que los príncipes venían más desteñidos que azules. No lo hizo para vanagloriarse de su hombría, ni nada de eso. No. Fue más bien por indignación. O desilusión.
Sucedió que una tarde, lejana de aquella otra inolvidable, decidió pasar por lo de la Turca como solía hacer de vez en cuando. “Venís a perfeccionar la técnica”, le decía ella sonriente al invitarlo a entrar.
Pero ese día nadie abrió la pesada puerta de madera y vidrio. Él solito empujó el picaporte y se quedó perplejo, mudo. Casi hasta se olvida de respirar cuando encontró a la Turca desnuda en la cama y a su lado, más derecho que hecho, Don Beto.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

APENAS UN BESO

2º puesto, Concurso “50 años del Instituto San Luis Gonzaga”
Gral. Las Heras (Bs. As.). Diciembre 2011. 
Seudónimo: Osvaldo Raymonda.

Esa mañana, tempranito, te vi pasar desde la ventana. El pasto aún estaba blanco por la escarcha de otro invierno y vos ibas tan apurada como siempre. Llevabas la carpeta entre los brazos, el cabello largo atado en una trenza, el guardapolvo encima de las rodillas y las medias azules caídas. Poco te preocupaba que al entrar al colegio, Miguel u otro preceptor te llame la atención. 
Me puse muy nervioso cuando te vi. Como en cada encuentro, en realidad. Casi tanto, como la primera vez, ¿te acordás? 
Vos eras nueva en el cole y justo, pero justo, caíste en mi curso. Recuerdo que estábamos en clase de matemática, con el cabezón Bianchini, cuando te presentó la Vicedirectora. Después de verte, te juro, no logré resolver más cuentas ni ecuaciones. 
Como todo lo nuevo en un pueblo desacostumbrado a las novedades, te convertiste en la sensación ni bien sonó la campana del primer recreo. Mientras bajábamos las escaleras para llegar al patio, no parabas de responder preguntas de mis compañeros: De dónde venías; por qué te cambiaron de escuela y no sé cuantas otras más. Así descubrí que vivías a dos cuadras de mi casa y, aún no entiendo cómo ni por qué, desde ese día volvimos juntos del colegio.
Es cierto, el trayecto por la avenida lo hacíamos con los demás chicos pero cuando doblábamos en Lozano, sólo éramos vos y yo. No me importaba nada más. Ni la mirada cómplice de Doña Elvira, cuando nos cruzaba con su changuito de camino al supermercado. O el asombro en los ojos de Don Santiago que, desde la puerta de la tienda, me  seguía con la vista durante toda la cuadra, para contarle  luego a mis padres. 
Pero para mí, nada ni nadie existía alrededor. Durante esas cuatro cuadras eras mía, sólo mía, y entre nervios e inocencia solamente me salían comentarios del colegio: “Que la Chuchú es bravísima, que la nueva de geografía parece piola y que el viejo Roy nos quiere enseñar inglés a golpes de escritorio”. ¡Un idiota insuperable, lo sé!
Pero en realidad deseaba decirte lo hermosa que te veías, que me habías vuelto loco de amor con tu sonrisa desde que atravesaste la puerta del aula, atrás de la Vice, aquella primera mañana en que te vi. ¡Pero no me salían! 
¿Por qué no enseñan también esas cosas en el secundario? Si a esa edad hasta parecen más urgentes y útiles que saber el relieve de la región Mesopotámica o la conformación de un ecosistema. 
En cualquier caso, cada día que recorríamos esas cuadras sentía que estaba soñando. Hasta empecé a despertarme más temprano para hacer también el recorrido de ida con vos. Pobre mi vieja, el susto que se pegó. Con lo que le costaba despertarme antes, pensó que tenía sonambulismo. 
Así pasé las semanas siguientes, disfrutando de tu compañía. ¡Nunca le recé y agradecí tanto a San Luis Gonzaga! Todo me parecía una fantasía. 
Quizás por eso me asombré tanto cuando, finalmente, me animé a decirte que me gustabas y vos, tan segura de todo como eras, me estampaste un beso en la boca. 
Estábamos atrás de los grifos, pegaditos a la sala de mecanografía y no te importó en absoluto que nos vieran. Sólo sonreíste, satisfecha con tu osadía. En cambio yo me quedé paralizado, sin decir palabra por veinte minutos más o menos. Es que fue mi primer beso, ¿entendés? Nunca quise preguntarte si también lo fue para vos.
Después, por supuesto, todo siguió el camino lógico de aquellos tiempos de amores incipientes y breves. Días inolvidables de uniformes celestes y grises, de noches de Manicomio, de horas tiradas con los amigos en la esquina del Club Social, filosofando pavadas y viendo pasar las tardes desde la contemplación más desinteresada. 
Esa edad extraordinaria en que un desamor no hería de muerte porque vivíamos despreocupados de todo. Éramos, apenas, estudiantes de Secundario.
Por eso hoy, cuando te vi pasar nuevamente, me apuré para salir a la calle y alcanzarte como hacía cada mañana de camino a la escuela. 
Aunque ahora ya no llevas carpetas entre tus brazos. La mujer que pasa por delante de mi ventana terminó el colegio hace treinta años... Pero aún no consigo olvidarla.


lunes, 21 de noviembre de 2011

Sábanas blancas


El sol calido de marzo empezaba a ocultarse, a fundir su alma con la noche. Como tantas otras tardes, el amplio ventanal de la habitación todavía permanecía abierto. Solamente una suave brisa, que llegaba desde la playa, inundaba el ambiente con su fresco aroma de mar.
Habían concluido los preparativos para el esperado encuentro. Unas pequeñas velas desparramadas por aquí y por allá. Unas sábanas blancas sobre la alfombra y una botella de vino junto a sus respectivas copas. Se acercaba el momento.
Él no podía disimular sus expectativas. Ella, en cambio, llegaría unos minutos más tarde, segura de sí misma, aunque con mucha ansiedad. Ambos, eso sí, tratarían de dominar sus impulsos y controlar la respiración para no demostrar fuertes emociones.
Un reloj lejano marcó la hora acordada. La puerta se abrió y, frente a frente, sus miradas se unieron más allá del tiempo, en un universo añorado de promesas y deseos.
Una tenue luz de luna, incipiente aún, le daba a la noche ese toque romántico imprescindible. Y la cena, casi sin importancia, pasó demasiado rápido. Las pequeñas velas ya quemaban sus cabos y las sábanas, arrugadas, imploraban por los cuerpos desnudos de los amantes.
Entre penumbras, él se quito la camisa y ella dejó caer su vestido. Él la tomó suavemente por los hombros y deslizó sus manos, con dulzura, hasta la cintura. Ella, alargando los segundos en la eternidad, desabrochó el pantalón de su enamorado para escurrir la mano expectante. Él sintió que su piel se estremecía. Todos los sentidos explotaron en varias direcciones y, con el mayor deseo del mundo, acercó su boca a la de ella para sentir el húmedo sabor de sus labios.
La tibieza del sol de verano era ya un breve recuerdo que, cómplice de la aventura, cedió la posta a un mágico manto azul salpicado de estrellas. Las velas no ardían desde hacía horas y la persistente brisa no alcanzaba para refrescar el calor del lugar.
Dos amantes. Una pasión. Dos cuerpos. Un encuentro.
Finalmente, aquellas agotadas sábanas blancas consiguieron rozar la piel de los enamorados. De aquellos dos que quisieron fundirse, uno con el otro, siguiendo el ritmo lento del vaivén de las olas.
Dos apasionadas figuras detenidas en el espacio, entre el sol y la luna.
Dos sombras unidas por los incansables latidos de sus corazones. 
Una música persistente. Dos almas agitadas al amanecer. Y unas sábanas blancas...


lunes, 14 de noviembre de 2011

El último beso

En toda historia de amor hay, por lo menos, un beso.
En la frente, en la boca o lanzado desde lejos.
Soñado, deseado, esperado… Siempre un beso.
También debería existir la tácita obligación
de un último beso.

El Metro cerró la puerta y aún se podía escuchar la voz grabada desde el vagón que anunciaba: “Próxima parada, Alvarado”. Se sabía de memoria la frase después de ver pasar los últimos 6 o 7 trenes. Llevaba casi dos horas sentado al lado de Elena, en un banco de la estación Cuatro Caminos. Allí sería la bifurcación: él seguiría hasta Tetuán, a casa de su amigo; ella tomaría la combinación que la dejaría en el Aeropuerto de Barajas para regresar a su país.
Se habían conocido el día anterior. Religiosamente intercambiaron e-mails, números de teléfonos y las obligadas promesas de un eminente reencuentro. Ambos estaban de vacaciones en España. Él llegado desde Estocolmo y ella desde Bogotá.
Aquella mañana, casi mediodía, Elena tomaba unas últimas fotos en Plaza Mayor cuando él se le acercó para invitarla unas cañas. Dicen que hubo un relámpago en la zona cuando se cruzaron las miradas. Fue una atracción irremediablemente instantánea.
Siguieron juntos el resto del día y pasaron la noche en el hostel de la calle Huertas, donde se hospedaba ella. Al amanecer, ambos bajaron tomados de la mano por las escaleras de la estación Gran Vía. Decidieron que no se despedirían en el aeropuerto. Ninguno soportaba las despedidas, por eso era mejor hacerlo de manera casual: Al bajar del metro, cada uno tomaría una dirección diferente.
Pero no lo lograron. De las tres horas de antelación que Elena calculó para tomar su avión, pasaron dos sentados en el banco de aquella estación. No había demasiadas palabras sino cariños, abrazos, caricias, besos. Se volvieron a juramentar mutuas visitas y, de pronto, se hizo un profundo silencio que duró unos minutos. Entonces, él le robó otro beso. El último. Porque ella se puso de pie y abordó decidida el vagón del Metro que cerró sus puertas apenas subió.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El loco Zavarrita


Gustavo Zavarra deambula todo el día por la calle. Va de un lado a otro, sin rumbo fijo ni sentido alguno. Unos lo llaman cariñosamente “Zavarrita” y otros, menos piadosos, lo conocen como “el loco Zavarra”. Casi todos se burlan de él y muchos incluso se aprovechan de su delirante inocencia. Pero a él no le importa, porque Gustavo Zavarra encuentra un claro sentido a su incansable vagabundear: Contar la historia de un crimen.
No se le conoce una casa o domicilio desde hace años. Duerme en un banco de la plaza o, cuando llega el frío, se refugia en una de las salas de la estación de trenes. Lleva la ropa sucia y rota. El cabello largo le llega hasta los hombros y su abundante barba termina casi en el centro del pecho. De vez en cuando, algún que otro vecino sensible le acerca un plato de comida o le estira unos pesos para comprarse algo. Sin embargo, eso último no es la mejor opción ya que él se lo gastará en un tetra que le sirva para calentar el pico. Porque tiene mucho que decir.
Hace 15 años que le cuenta su historia a quien se lo cruza. O la grita a un auditorio imaginario, trepado al monumento de un prócer, frente a la municipalidad. O en cualquier esquina. Sinceramente, el lugar es lo de menos.
Cada día, aunque llueva o el sol derrita el asfalto, Zavarrita camina sin parar. Hasta se adentra en los senderos rurales, en esos caminos intransitables por el barro donde no llegan ni los punteros políticos más populares.
Otras veces se queda en la puerta del Banco, a la salida de misa o en la entrada del Supermercado. Aunque su lugar favorito es frente de la Comisaría. Todas las tardes se lo puede ver por ahí, respetuoso y altivo, vociferando su historia.
Al principio, quizás para ganarse la simpatía del Comisario, un Cabo recién llegado le pegó unos gritos y, dicen, hasta un culatazo con el revólver. Pero los vecinos lo vieron y fue tal el revuelo que se armó en el pueblo que tuvo que salir el oficial por la radio local pidiendo disculpas. Desde ese momento no se animan ni a labrarle un acta por disturbios en la vía pública.
Sucede que cada uno de los vecinos conoce su relato, vivió de cerca la historia verdadera de lo que sucedió y, de alguna manera, se sienten cómplices de la injusticia al sostener el silencio. Por eso lo defienden. Por culpa y cargo de conciencia. Pero a su vez le prestan poca atención por la calle porque prefieren hacerse los boludos para olvidar. Para tapar sus miedos, para no recordar aquello que permitieron y dejaron sin condena. Era más sencillo, más seguro, mirar para otro lado y seguir con la tranquila vida pueblerina. Pero él no olvida, no. Ni se lo permitirá a ellos.
Después de tanto tiempo, en un pueblo de provincia desolado por el irremediable abandono del estancamiento, las palabras de “Zavarrita” suenan casi a fábula. Parecen una de esas leyendas que los abuelos relatan a sus nietos antes de dormirse. Pero su historia es verdadera y nadie como él lo sabe.
Él vivió y sufrió esa historia. En cambio, los demás la sienten aún ajena, como una herida abierta cobarde y traicionera. Porque su relato habla de un crimen que ocurrió realmente y que todos callaron por temor a los culpables. Y los gritos iracundos de Gustavo, a toda hora y en cualquier lugar, existen para recordarle a la gente el triste asesinato de su hermano, Andrés. Una muerte que, 15 años después, desconoce todavía a los culpables. Pero sabe mucho de impunidad.  
En su desequilibrada batalla callejera, Zavarrita pregona sobre abusos de poder político y económico, de corrupción de las autoridades o de negocios turbios con personajes intocables de la alicaída alcurnia local. Pero las figuras influyentes, salvo en Fuenteovejuna, siempre encuentran los caminos para salir indemnes. Siempre… A pesar de Gustavo Zavarra y su quijotesca lucha, que aún sigue.

martes, 1 de noviembre de 2011

San Juan y Boedo


Al final, me quedé viendo el partido afuera del bar, cerca de la esquina de San Juan y Boedo. Miraba la televisión por una de las ventanas, de cábala nomás, porque justo hicimos el gol cuando había salido a fumar. Así que no tuve más remedio que seguir ahí afuera. Para qué andar desafiando a la desgracia, pensé.
En más de 100 años de historia, con muchos triunfos y más derrotas, San Lorenzo de Almagro nunca ganó la Copa Libertadores. Después de todo ese tiempo, finalmente, esa noche estaba jugando la ansiada final. Enfrente tenía, nada más y nada menos, que al temible San Pablo brasileño y, como siempre, era un partido bravo contra los "brasucas". Obviamente ellos eran favoritos, pero como esto era fútbol y se jugaba en cancha neutral, podía pasar cualquier cosa.
Y parecía que esa trillada frase iba a ser verdad nomás, porque cuando promediaba el segundo tiempo, el 9 nuestro intentó la heroica y encaró a los defensores afuera del área grande. Uno, dos, tres… Hasta que justo cuando se perfilaba para sacar el remate de zurda frente al arco, el 2 de ellos se le tiró a los pies y mandó la pelota al córner.
“¡Penal!” Gritaron los más optimistas. “...Si no entró ésa”, lamentaron otros que también observaban desde afuera del bar. La cuestión que el referí señaló tiro de esquina y santo remedio.
Entonces, centro al primer palo, la peina apenas el Petizo Ortiz y, por detrás  del malón aparece solito nuestro capitán, el Toti Zamudio, que con los ojos bien abiertos le mete el frentazo para clavarla de pique al suelo contra el palo derecho.
¡Golazo! ¡Vamos todavía! ¡Gol carajo!
- Ahora -gritaron unos más conservadores- todos a defender para aguantar el resultado.
El milagro parecía posible. ¡Qué nervios, la puta que lo parió! Desde que salí a fumar ya llevaba como 8 cigarros más. El tiempo parecía ir marcha atrás y encima, el árbitro colombiano no pitaba ni una a favor nuestro, como para enfriar un poco la cosa con un tiro libre.
¡Vamos, vamos que ya termina! ¡Reventala a la tribuna, hermano! ¡Cobrá una para nosotros, hijo de puta! Intercaladas, arengas y puteadas se sucedían unas a otras, como un rosario inacabable.
Reconozco que de a poco me fui alejando del vidrio, como si mi distancia fuera a impedir el empate. Pero bueno, en esos momentos uno recurre a cualquier cosa para alcanzar una victoria que estaba ahí, a minutos… ¡Si no fuese porque los brasileños se venían con todo! ¡Me cago en la gran siete, carajo! Nos tenían en un arco y del lado de adentro, casi.
De tanto recular, calculo que ya andaría por el cordón de la calle cuando un tipo se me acercó, haciéndome una seña, para ver si le convidaba un cigarrillo. Era gordo, de mi altura, llevaba una mano en el bolsillo de un jean gastado, como si buscara el encendedor. Lo extraño fue que no estaba angustiado como el resto.
- ¡Gracias, pibe! -dijo cuando le estiré un Marlboro- Usted no tiene idea cómo se extraña el vicio-. La verdad en ese momento no tenía idea de muchas cosas, así que le respondí con una media sonrisa de compromiso.
- ¿Cómo van? -agregó, señalando con el mentón para donde estaba la tele.
- Gana San Lorenzo 1 a 0 y deben faltar 5 minutos a lo sumo -le contesté sin prestarle demasiada atención.
Andaría por los 55 o 60 años y era pelado, aunque conservaba un poco de cabello gris sobre las orejas, que se unía con una abundante barba del mismo color. Por un instante, me pareció reconocerlo de algún lado, como si me recordaba a alguien, pero en esa noche no estaba para pensar y seguí pendiente del partido.
- Quédese tranquilo que por fin vamos a ganar la Copa.- Me aseguró con una templanza conmovedora. Tanto, que le creí y todo.
- ¡Dios lo escuche! -imploré en un deseo más profano que religioso, sin sacar la vista de la televisión, donde justo indicaban 4 minutos más de descuento.
A pesar de los nervios, alcancé a escuchar la extraña respuesta del tipo mientras se apartaba de mi lado: “Ya me escuchó, pibe. Fue lo primero que le pedí ni bien me lo crucé allá arriba”.
En ese momento, los de la transmisión dirigieron las cámaras hacia la tribuna donde estaba el actor Viggo Mortensen, llegado exclusivamente desde Hollywood para presenciar el histórico partido. Un fanático como pocos el gringo ese, aunque medio hincha pelotas también.
Poco después se desató la locura. El referí, muy a su pesar, señaló el centro del campo. No lo podíamos creer: ¡San Lorenzo campeón!
Recuerdo que empecé a saltar y a gritar desaforado. Me abracé con cuanta persona tenía cerca, todavía afuera del bar. Con la miraba busqué al Gordo que se me había acercado antes pero no lo encontré. Y entonces, como si se tratara de una epifanía, de una revelación divina, me acordé: El tipo era igualito a Osvaldo Soriano, el escritor ese que era hincha del Cuervo. Pero resultaba imposible porque yo sabía que él estaría celebrando en el otro barrio, rodeado de ángeles con túnicas azulgranas.
En esas cosas pensaba cuando, finalmente, la confusión dejó paso a la emoción y me largué a llorar como un chico, agarrándome la cabeza.
Después, vi como llegaba gente de todas partes. Se juntaban en la esquina y se abrazaban unos a otros. Señoras, señoritas, viejos, jóvenes, chicos… Estaba todo el barrio y había de todo. Banderas, bombos, papelitos, cornetas y gritos, muchos gritos y canciones. Cientos, miles de gargantas explotaban desafiando a la noche. Y a la historia.
Pensé de nuevo en el Gordo Soriano y me quedé con la vista clavada en el cielo. Me lo imaginé abrazado a mi viejo, felices, celebrando.
Después, me dejé llevar por ese delirio tan deseado, incomprensible y soñado...