sábado, 30 de octubre de 2010

Oda al D10S - Bonus


Para el Mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, 
en su cumpleaños número 50. 
¡Felicidades y muchas gracias por todo!


Lo vi rebelde, irrespetuoso y contradictorio. Lo vi vencido. 
Lo vi caerse, marcharse y perderse. Hasta lo vi arrepentido.
Lo vi encumbrado y derrumbado.
Lo vi llorar, putear y pelear. Lo vi extraviado.
Lo vi bajar del cielo y de la tierra. 
Lo vi tirado y golpeado.
Lo vi triste, quebrado e insultado.
Lo vi morir. Lo vi destruido. Lo vi endiosado.
Lo vi levantarse de una patada. Lo vi expulsado.
Lo vi curar sus heridas. Lo vi renacer a la vida.
Lo vi alegre y divertido. Lo vi sacrificado y caprichoso.
Lo vi entregado y crucificado. Lo vi profeta. Lo vi reconocido.
Lo vi agotado y valeroso. Lo vi luchador empedernido.
Lo vi quejoso y protestón. Lo vi juicioso y respetado.
Lo vi fiel y traicionado. Lo vi defensor y haciendo ruido.
Lo vi solitario y resistido. Lo vi equivocado.
Lo vi dejarse la piel. Lo vi silbado y exiliado. Lo vi prohibido.
Lo vi feliz. Lo vi admirado y repudiado.
Lo vi solo frente a todos por defender sus ideales.
Lo vi incomprendido.
Lo vi alzar su puño en alto. Lo vi cantar mi himno.
Lo vi gambetear a todos. Lo vi comprometido.
Lo vi levantar ciudades. Lo vi apurado y sin camino.
Lo vi argentino para siempre y orgulloso de ese destino.
Lo vi emocionado y correspondido.
Lo vi abandonado. Lo vi sin piernas. Lo vi convencido.
Lo vi llevado de la mano. Lo vi serio y distendido.
Lo vi resurgido. Lo vi frustrado. 
Lo vi gritar bien fuerte para no ser oído.
Lo vi defender aquello en lo que ha creído.
Lo vi gordo y barbudo. Lo vi eufórico y enardecido. 
Lo vi suplicar y sin amigos.
Lo vi hacer magia. Lo vi de celeste y blanco. 
Lo vi en el gol a los ingleses.
Lo vi con lágrimas en los ojos. 
Lo vi jugador de futbol. Lo vi sólo un tipo.
Lo vi a Maradona... 
Y estoy agradecido.
 

lunes, 11 de octubre de 2010

Pericles Orellana: Un nombre más tribunero

El otro día le dije a Don Pericles, mientras le acercaba un amargo:
- Ahora que tiene tiempo, ¿no me escribe algunas líneas para mi Blog?
Tardó unos segundos antes de levantar la mirada. Se acomodó los anteojos. El resplandor de la tarde entraba impiadoso por el ventanal del balcón, a sus espaldas, en el departamento de San Cristóbal. Era la hora de la siesta y estaba leyendo el suplemento deportivo del diario El Mercurio de Chile, apasionado por la goleada del Huachipato sobre la Católica por 3 a 0.
Me observó entre indiferente y descreído. Luego, volvió a su lectura. Creo que le dolió más que lo hiciera sentir como alguien “retirado del juego”. Y aunque en definitiva él es un nuevo jubilado, les juro que esa no fue mi intención.
Volví a insistirle, por si no había oído. Pero cuando iba a empezar a decirle, se me adelantó sin asomar la cabeza por encima el suplemento ampliamente desplegado.
- Primero -dijo con voz suave pero firme-, contame qué extraña epidemia te afectó para imaginar que yo, el gran Pericles Orellana, el Oráculo del periodismo deportivo, escribiría cualquier cosa, por ínfima que sea, para algo que dirijas vos. Decime, por favor, porque no me entra en la cabeza, nene. ¡Ni un telegrama de renuncia te escribo!
Levanté la mano con el dedo índice extendido como para aclararle que yo no dirigía nada, pero fue inútil. Prosiguió inalterable.
- Y segundo… -apoyó el diario en la mesa para mirarme a la cara-. ¿Cómo mierda se te ocurre ponerle ese nombre a un diario, me querés decir? ¿Blo? ¿Qué carajo quiere decir eso? Le tenés que poner algo más tribunero, pibe, como “Ovación”, “Área chica” o “Golazo”. ¿Entendés? Se ve que no aprendiste nada laburando conmigo, ¿eh?
Ahí recién bajé la mano que aún sostenía en alto mi porfiado dedo y decidí no explicarle que se trataba de una nueva plataforma digital de comunicación y difusión. Para qué. No era el momento. Cuando "carajea" de esa forma es mejor no contradecirlo ni llevarle el apunte. La mejor receta es dejarlo refunfuñando solo. Eso sí lo aprendí trabajando con él. Y lo sufrí también.
Pasaron unos pocos segundos incómodos hasta que me devolvió el mate y agregó negando con la cabeza:
- ¿Blo...? ¡Qué nombre de mierda le pusiste, pibe!
Eso fue lo último que dijo aquella tarde. Después, dio vuelta la página del suplemento deportivo y giró la cabeza para espiar por la ventana del balcón. La luz del sol había desaparecido y el frío de otra nochecita de invierno se adivinaba a través del vidrio.

lunes, 16 de agosto de 2010

Chácharas y peroratas sobre la suerte

Es bastante común, sobre todo entre los argentinos, considerar que en cuestiones de “suerte” estamos más que “cagados por las palomas”. Por eso decimos que fuimos “meados por dinosaurios”.
Pero más que referir la cuestión a un mero capricho del destino, no siempre deberíamos echarle la culpa de todo a la “suerte”, buena o mala. Porque en definitiva, es una cuestión de enfoque, de cómo se encara la cosa.
Pero, ¿qué mierda es la suerte?
No sé definirlo exactamente, pero estoy seguro que existe “algo”, no me caben dudas (destino, suerte, karma… Póngale el nombre que a usted más le guste). Aunque últimamente, me convenzo más de que todo depende del cristal con el que se mire.
Por ejemplo: Me gusta una chica que pasa caminando por la vereda y le digo un piropo. Ella, sin detenerse, me suelta un montón de insultos con cara de mala onda y humor de perros y, casi al final agrega “…y si te agarra mi marido, te caga a trompadas”.
En ese caso, ¿de quién es la mala suerte? ¿Mía, porque una mujer no me correspondió? ¿O del pobre marido que tiene que se casó con esa bruja de mierda?
Lo que es sorprendente, también, son aquellas acciones que podemos llegar a hacer por un poco de suerte ¿Se dieron cuenta? ¡Nos ponemos muy, muy pelotudos!
Que una cintita roja en la muñeca (lo cual para los hombres es de por sí una mariconada); que 3 pasos para atrás si se cruzó un gato negro; que bajar a la calle sin mirar, con tal de no pasar debajo de una escalera…
¡Hasta somos capaces de no ir a una entrevista de trabajo si nos pasa algo así! Y está bien, para qué vas a ir sí ya se sabe cómo va a terminar la cosa, ¿no?
Si das 3 pasos para atrás, seguro perdés el colectivo y llegás tarde. Y si no los das, te rechazan en la entrevista por el efecto del gato negro. ¡Qué decisión difícil!
Encima, es terrible la presión que te mete la suerte con episodios como ese. Por ejemplo, hay gente que se topa con una escalera en la vereda, porque están arreglando una marquesina... ¡Y se van hasta la mitad de la calle, con tal de no pasar por debajo y tener mala suerte! ¿Y si los atropella un auto? ¿Eso es mala suerte, igual? ¿O se anula? ¿Cómo es ahí la cosa? ¿Hay un reglamento al respecto? ¿O simplemente es un extremo pelotudo?
Romper un espejo, cruzar de frente un pelirrojo, el número capicúa de un boleto… Todas trampas del destino disfrazadas de técnicas para la buena o mala suerte. En realidad, para hacernos desconfiar nomás.
En una época, incluso, tenía la billetera desbordada de boletos con números capicúas que fui juntando durante años. Hasta que un día… ¡Me robaron la billetera! ¿Qué pasó? ¿Estaban vencidos los boletos? ¿No se suponía que me daban buena suerte? ¡La puta que lo parió!
En fin. Me parece que la suerte es una casualidad del universo, caprichosa y muy puta, que te mira por encima de un hombro con desdén. Como sobrando la situación, pero con una serenidad envidiable.
Claro, como para no estar tranquila, ¿no? Si el damnificado es uno y no la suerte cabrona que se queda serena… Más Serena que la Williams. Sí, la tenista negra… ¡¡¡Como mi suerte!!!


lunes, 2 de agosto de 2010

Un grito de gol desordenado

Nunca festejé tanto un gol como ese. Los demás clientes de aquel bar madrileño me miraron sorprendidos, no estaban acostumbrados, y yo les solté un “gol” desde bien adentro que rompió el silencio y cruzó el humo espeso del lugar hasta explotar en las pausadas calles de la ciudad. Fue un rugido con bronca, pasión y… desorden.
Digo esto porque todo grito de gol tiene un orden. Uno está sentado, comiéndose las uñas, fumando un cigarrillo o haciendo cualquier otro gesto nervioso que permita descomprimir la tensión. Después, el cuerpo se pone rígido y las extremidades se inmovilizan en actitud expectante. Nos inclinamos hacia adelante con el gol en la garganta, la boca entreabierta, las cejas levantadas y con cara de pavo. El desenfreno sube por el cuerpo, se siente desde las entrañas y hace una última parada al borde de los labios.
Casi llegamos al climax pero, todavía, no se definió la jugada. Entonces nos levantamos de la silla de un salto y caemos frente al televisor, como si pudiéramos ayudar al jugador en su carrera hacia el arco. Tal vez, sólo tal vez, nos agachamos si hace un enganche de más o retraemos la pierna cuando se prepara para sacar el derechazo. Algunos, incluso, pegamos una patada como si fuéramos a definir la jugada.
Por último, cuando el cuerpo no puede contener más la excitación, la pelota se envuelve de red y soltamos toda la dicha contenida hasta ese instante. Ahí sí, como dicen los manuales del hincha: Grito de gol largo, profundo, lleno de emoción y con la “o” interminable que dibuja un círculo perfecto en la boca. Abrazos con desconocidos, frases célebres como “¡qué golazo hizo ese tipo, por Dios!”, que muchas veces se encadenan automáticamente con un apoteótico insulto contra el eterno rival que “lo mira por tevé”.
Y después de la tormenta, viene la calma, la relajación. Volvemos a nuestro lugar original respetando la cábala. Sin despegar los ojos de la pantalla, tanteamos en la mesa el paquete de puchos y comenzamos una vez más los rituales desde el principio.
Por eso decía que en aquel bar de Madrid festejé desordenado el gol, porque cuando lo vi arrancar desde el mediocampo con la pelota dominada, la mirada fija en la redonda, la lengua entre los dientes y enroscando las piernas de sus marcadores con una pisada de lujo, empecé a saltar y a llenar de elogios a ese dios pagano que con su gambeta endemoniada dejaba en el camino innumerables “muñequitos” blancos.
Primero lo sentí en el pecho, cerca del corazón. Luego fue subiendo desde las entrañas, pasó a la boca y no lo pude contener más. El grito nacía del alma, era incontenible y aunque él -rulos al viento- todavía no había entrado al área, su imagen de potrero me hablaba sólo a mí para decirme confiado: “Gritalo tranquilo que no te voy a fallar”.
Entonces fue demasiado tarde para acomodarme al ritual. Para cuando el dios puso la zurda en el área y miró al arco, yo estaba gritando descontrolado, arrodillado al pie del televisor. No hacía falta seguir mirando, pero no pude dejar de hacerlo. Obra maestra, golazo, fantasía, el mejor de todos los tiempos y a mí, entre lágrimas y delirio, se me rompía la garganta.
Había captado la atención de todos. El dueño del lugar se me venía al humo con cara de pocos amigos. El tío me tomó del brazo para levantarme y, de un salto, lo abracé. Pero él no entendía nada. El más grande de la historia había hecho el mejor gol de todos los tiempos. Parecía una fábula, estaba naciendo una leyenda y nadie más se daba cuenta.
En otro rincón del bar se escuchaban unos cuantos que puteaban hasta en arameo contra el número 10 de camiseta azul. Escupían espuma de cerveza inglesa para todos lados.
Me estallaron lágrimas en los ojos y el dueño aprovechó mi vulnerabilidad para echarme a la calle a los empujones. “Hombre de poca fe que no reconoce un milagro”, le grité desde el empedrado.
Otra vez estaba rompiendo el orden establecido al no regresar a mi lugar para respetar la cábala. “Envidioso de mierda”, dije en voz baja.
De todas formas, no importaba. El destino, en ese verde y cálido terreno mexicano, lo trazaba un petizo de mirada desafiante. Me levanté el cuello de la campera, apagué el pucho y salí corriendo por la calle al grito de “dale campeón, dale campeón”. Solo, como loco malo.
A los pocos metros me paré en seco. Crisis, caos, otra vez el desorden: “Acá no hay Obelisco para ir a festejar, carajo”.

lunes, 26 de julio de 2010

La muerte del Fútbol – Reflexiones post Mundial 2010



El fútbol murió. Ese deporte que conocimos y nos apasionaba, desapareció. Ya no queda ni para “mendigar una linda jugada por el mundo” como dice el escritor uruguayo Eduardo Galeano. Unos meses atrás, quizás el FC Barcelona nos hizo creer que no todo estaba perdido; aunque ahora parece más un espejismo que un oasis, en el desierto de la mediocridad.
Porque lo que se juega hoy, definitivamente, no es fútbol. Si hasta el mismísimo Brasil abandonó su “Jogo Bonito”. Ni que decir de las gambetas endiabladas del Río de la Plata.
Eso que se juega en los estadios ahora, es otra cosa. Es un deporte duro, esquemático, rudimentario, sostenido en lo físico y apoyado en amarretas estrategias de pizarrón. Llamémosle “fut-drez” o “rug-bol”. Pero nunca fútbol. Es el jugar a no jugar. Porque a eso apuestan los equipos: Se preocupan de que el rival no juegue. Y se olvidan de disfrutar para maravillar.
Y así, señores, matamos al fútbol. Por no cuidar a los habilidosos, ahora abundan rústicos, maratonistas y físico culturistas. Este mal llamado fútbol de hoy, nada tiene que ver con el asombro, la emoción y la sorpresa de otros tiempos.
Nada queda de aquella famosa “dinámica de lo impensado”. Se escatima una pared en pos de una falta táctica. Se posterga al 10 creador de ilusiones, para alinear un doble 5 destructivo.
Todo es previsible y estudiado. Todo se resume al cálculo y a la avaricia. Todo, señores, aburre dentro de una cancha… Y encima, quieren poner “tecnología” para “impartir justicia”.
Ya dejamos que asesinen ese deporte imprevisible que nos divertía como ninguno. Ahora, tal vez, permitiremos que los mundiales se jueguen en una Play Station.
Y ahí, listo. Cierren los estadios, apaguen la música de las tribunas y entierren la pasión. Total... El fútbol ya murió.

Faccia Bruta



Algunas crónicas de los diarios italianos de principios del 1900 ya mencionaban su brutal forma de matar. Pero eso, por estas tierras, recién se supo muchos años después, cuando la policía lo atrapó antes de robar el Banco Metropolitano, en 1929. 
Hasta ese entonces, ni la prensa ni las autoridades habían establecido vínculo alguno entre los hechos ocurridos en la vieja Europa y los que sacudían la cansina tranquilidad de la pampa argentina. Los métodos eran los mismos y los resultados también, pero nadie -o casi- conocía al autor. Tal vez, ninguno sobrevivía para describirlo.
Los periódicos de la península europea hablaban de “il macellaio”, mientras que tiempo después, los periodistas argentinos adoptarían el término “Carancho” para referirse a la misma retorcida mente criminal. Mucha sangre, cuerpos irreconocibles y una interminable cantidad de puñaladas eran su marca. Parecía que mataba por placer.
“Otro golpe sangriento del Carancho”, remarcaban los grandes títulos a cinco columnas de los matutinos. 
Por cierto, nunca quedó muy claro de dónde provenía ese apodo. Aunque si uno profundizaba en el tema, descubría que había otra gente, unos pocos inmigrantes que vivían en zonas desoladas del interior del país, que también lo llamaban “Faccia Bruta”. Eran aquellos con los que había cruzado el Atlántico, escondido en algún barco de carga. Ellos sabían en realidad quién era Pietro Giovanni Dellamata.
Los asaltos del perturbado personaje habían cautivado la atención de los periodistas, intrigados por tan sanguinario comportamiento. El mismísimo Departamento Central de Policía, que hasta el 15 de agosto de 1929 no había sospechado quién era “Faccia Bruta”, se enroscaba en furiosas discusiones imaginando la identidad del criminal que llevaba más de 5 años robando y matando sin piedad.
La relación con el crimen de ese italiano proveniente de Sicilia había comenzado mucho antes de pisar suelo americano. Algunos sostienen que cuando llegó a la Argentina intentó reformarse y consiguió un trabajo como sereno en un edificio de la calle Moreno. El lugar servía de aguantadero para un grupo de anarquistas españoles que se reunían ahí para planificar sus “manifestaciones”.
Pasó poco tiempo hasta que Pietro se relacionó con los revolucionarios y, a los 3 meses de vivir en Buenos Aires, ya había “reventado” un par de Comités y tajeado a 4 personas. De momento, justificado por fines políticos.
Aunque Pietro lo hacía por placer, para sentir esa sensación de éxtasis y poder que le producía cortar a su víctima hasta dejarla desfigurada. Claro, también lo hacía por dinero. No estaba acostumbrado a vivir con el mísero sueldo de sereno porque, además de matar, le gustaba mucho la bebida y la buena vida de los prostíbulos de La Boca.
En esos tugurios, justamente, era donde abrazaba todas sus pasiones y lujurias. Podía estar besándose con alguna criolla tetona y, dos segundos más tarde, asesinando a algún perejil que le había mirado de reojo a la mina. Ahí, al resguardo de lo clandestino, ni debía esconder el placer que le generaba atravesar con un cuchillo a una persona. Después se tomaba un vaso de caña y volvía con la puta, sonriendo como un chico que hizo una travesura y sabe que su mamá no lo regañará.
La historia de Pietro la descubrí por casualidad hace unos años, mientras hojeaba unos viejos ejemplares de La Nación en la Hemeroteca del Congreso. No había mucha información. Sus andanzas concluían en la edición del 16 de agosto del `29, el día siguiente a que lo atrapara la policía. Esa crónica relataba cómo unos 35 oficiales irrumpieron en un conventillo de Barracas y sorprendieron al “malviviente”, gracias a una denuncia anónima, en una situación “bastante comprometedora”. No pude indagar aún cuál era esa situación y cuán comprometedora. O para quién.
Lo cierto es que ahí nomás le pusieron los grilletes y quedó a disposición del Juez, según declara en el artículo el Comisario Rafael Nieto. Nada más. 
No hay crónicas que mencionen algo sobre la sentencia, cuándo lo juzgaron, dónde lo encerraron o cuál fue esa extraña situación en la que lo sorprendieron. Como un fantasma, Pietro dejó de aparecer en la prensa y su leyenda se borró como las huellas en la arena junto al mar. Como sucede habitualmente, al caer el asesino, nuevos crímenes y sucesos habrán captado enseguida la tención del público y el interés de los medios.
Desde entonces, cada vez que por algún motivo laboral repaso viejas crónicas policiales de los diarios, presto especial atención por si aparece algo al respecto que se me haya escapado. Y hace unos días, revisando otras secciones de una edición de La Prensa, me topé con el final de la historia. En un amarillento ejemplar del 27 de julio de 1952, descubrí su obituario:

P. G. Dellamata (1894-1952). Con profundo pesar y tristeza participamos que el día 26 de julio de 1952 falleció Pietro Giovanni Dellamata, dedicado padre y esposo, inspirador ejemplo cívico. Su partida deja un vacío imposible de llenar, pero nos queda el legado de su obra que, sin duda, continuaremos sus numerosos discípulos en todo el mundo.

Estaba muy claro ahora por qué la muerte de semejante criminal había pasado inadvertida en aquellos agitados días. El Carancho, Faccia Bruta o il macellaio, murió el mismo día que Eva Duarte de Perón.
A pesar de la íntima y ridícula satisfacción que me provocó ponerle un final a la historia de vida de este personaje, un extraño escalofrío me recorrió la espalda: Había personas en este mundo que no sólo lo recordaron y homenajearon, sino que lo admiraban y continuarían su obra.


lunes, 28 de junio de 2010

Pasión Argentina

Esa vergonzosa-orgullosa exaltación sin mesura ni censura.  

En un partido de cualquier selección argentina, la canción patria no se canta, se siente. Los jugadores saben que el Himno Nacional sale de muy adentro, de lo más profundo de ese pecho bien inflado de gloria. Saben que el grito bajará desde las tribunas y los acompañará con ese emotivo “oooooo…” -que impusieron los Pumas- y que desde entonces sale de las miles de gargantas argentas presentes en cualquier estadio del mundo. Y saben que se trata del grito que antecede a la batalla, antes que de una solemne entonación musical.
Los argentinos no sabemos alentar con esos tibios “a por ellos oe…”, “Chi Chi Chi, le le le…” o “cielitos lindos”. En las canchas nuestra música dice, habla de empuje y coraje, de sangre en las venas, de pelear cada pelota como si fuera la última, de salir con la ropa sucia y la camiseta transpirada, de correr hasta el último aliento para dejarse todo sobre el césped. Y, sobre todo, habla de epopeyas heroicas que forjaron el temple argento en el pasado, para vivir la grandeza del presente.
Así vive el fútbol un argentino, sépanlo propios y extraños. Con pasión, ganas, sufrimiento, garra y, especialmente, con orgullo. Ése que solamente se siente si gritas el gol de Diego a los ingleses cada vez que lo ves, o te reíste cuando -jugando con el tobillo arruinado- dejó afuera del mundial a los brasileros, o puteaste con él cuando nos silbaban los italianos, o caminaste resignado a su lado para el dopping del ´94, y te emocionaste con sus lágrimas de derrota en Italia ´90.
Porque para entender al fútbol argentino, primero tuviste que sufrirlo y emocionarte. Alentar a esos once titanes aunque vayan perdiendo y llorar desencajado, abrazado a un desconocido, porque ganaste o perdiste en el último minuto.
El fútbol argentino se disfruta porque se vive apasionadamente. Como hacemos casi todo. Y esa pasión es, justo, la que nos distingue en todas partes. Porque es fácil decirnos soberbios, pero les cuesta más reconocernos algunas, pocas, virtudes.
Porque las 2 estrellas sobre el escudo que lleva la camiseta argentina no representan nomás los Campeonatos del Mundo ganados, sino que recuerdan los “dos huevos” enormes que debe tener el jugador que la viste. Para que sientan vergüenza cuando reciben un gol y sepan que si no se puede con habilidad, el partido se gana con temperamento. Ese valor agregado que inunda el alma del jugador argentino y lo hace diferente, casi único, en cualquier cancha del planeta. Porque solamente un argentino juega -y alienta- con los dientes apretados todo el partido…
El “dejar la vida en una cancha” no se consigue en ningún otro lado. De ahí, señores, el respeto ganado por la celeste y blanca a lo largo de los años. Porque esta gloria se alcanza con historia, ni más ni menos. Y esa camiseta tiene mucha historia. No se inventa en un laboratorio, ni en la oficina de marketing, ni se compra en el mercado. No, señor. Esa mística nace, se cría y se forma en las calles de tierra, en el caserío de chapas y en el potrero gastado de una esquina.
Por el empuje de Kempes, el desparpajo de Messi, el batallar de Batistuta, la fiereza de Simeone, el alma de Fillol, la irreverencia de Ratín, la sutileza de Redondo, el guante de Verón, la gambeta endiablada del Burrito, los huevos de Blas Armando, la picardía del Bambino, la corajuda desfachatez de Tévez, la sutileza paciente del Bocha, la imprudencia y la categoría del Charro, el inagotable pique del Canni, la guapeza de Mascherano, la claridad de Labruna, la locura de Gatti, el pase justo de Riquelme, la perseverancia de Palermo, la magia del Diego… Y tanto, pero tanto más.
Por todo esto, el argento lleva la frente en alto y el corazón hinchado de felicidad al ver a su selección. Aunque llore, aunque sufra, aunque putee sin parar.
Una pasión así de grande no se puede explicar. Por eso, perdónenme la falta de respeto, pero esto que escribo sólo lo entenderá un argentino de alma, en lo más profundo de su corazón.

(Escrito luego de un partido de la selección en el Mundial de Sudáfrica).

"…La va a tocar para Diego. Ahí la tiene Maradona; lo marcan dos, pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha el genio de fútbol mundial, y deja el tercero ¡y va a tocar para Burruchaga! Siempre Maradona... ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... ¡Goooooolll!! ¡Goooooolll! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golaazo! ¡Diegooooo! ¡Maradooona! ¡Es para llorar, perdóneme! Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos, barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste? para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina... Argentina dos; Inglaterra cero. ¡Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona! Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por éste... Argentina dos; Inglaterra cero".
(Relato de Víctor Hugo Morales. México, 22 de junio de 1986).