miércoles, 21 de septiembre de 2011

Milonga

A Roberto, viejo querido.

Noche fría de viernes en el barrio de Mataderos. Él entra bien tarde al Club Social, no por impuntual, sino porque “la sabe lunga”. Los años le enseñaron que los buenos, los que desparraman firuletes, llegan siempre después que el resto. 
Va solo, sonriendo y levantando la ceja izquierda como único saludo. Camina pausado pero con ritmo, con aires de mucha confianza en sí mismo y sin sacar las manos de los bolsillos del pantalón.
Está más cerca de los 80 que de los 40, pero parece lo contrario. Trae el cabello gris bien engominado, como corresponde en estas ocasiones. Zapatos negros impecables, saco oscuro y una bufanda roja que le cruza el pecho.
Los más jóvenes ya están "calentando" y algunas parejitas van dibujando tímidas figuras en una pista cada vez más poblada. Pero él todavía no decidió con quién bailará. Porque él elige, como los malevos de antes en los conventillos del Bajo. Y ellas mueren por ser su partenaire.
Así está escrito en las memorias del tango y él lleva esos códigos con orgullo, grabados en el alma.
Ojea, como desinteresado, hasta que descubre a la indicada y se lo hace saber. Con un leve movimiento de cabeza, alcanza.
Ella sonríe y se acerca complacida para dejarse llevar. Él la toma suave -pero firmemente- por la espalda y le clava la mirada en los ojos.
Se quedan inmóviles, respetuosos del ritual. De fondo se escuchan los bandoneones de la orquesta de Julio De Caro, pero nadie se mueve hasta que él da el primer paso: Elegante y soberbio. Se mueve con agilidad por el borde, rodeando al resto. Porque es sabido: Los tangueros de ley nunca bailan en el centro.
Recién entonces, arranca la milonga.

lunes, 12 de septiembre de 2011

El Facebook de Raúl Miranda

 
“Todos lo tienen en el laburo, cómo no lo voy a tener yo”, se alentaba esa tarde lluviosa, mientras veía pasar la ciudad desde la ventanilla del colectivo. Raúl Miranda, 43 años, se había divorciado dos meses atrás y su ex mujer lo había dejado en la más absoluta ruina,  económica y emocional. 
A duras penas, su interacción social se reducía por aquellos días a las esporádicas charlas con los compañeros de oficina, en una multinacional de seguros, donde trabajaba como administrativo en el sector de Finanzas. Casi 18 años en la empresa. Hasta una placa le habían dado y por eso, entre otras cuestiones, sus jóvenes vecinos de escritorio lo volvían loco con las bromas.
Pero desde su separación, Raúl Miranda los observaba con atención. Intentaba aprender de ellos, comprenderlos, “aggiornarse” y, de esa manera, cambiar su vida actual. 
Quería hacerlo por él, pero también por Rosalía Oviedo, la secretaria del Gerente de Finanzas que se había separado el año pasado. Desde entonces, con sus bien llevados 41 años, ella se había convertido en el objeto de deseo de toda la plantilla masculina de la compañía. Del edificio entero, digamos.
Pero Raúl tenía una ventaja determinante: Era el mejor amigo del hermano de Rosalía, Ramiro, lo que le permitía conocer sus secretos, gustos, deseos y emociones. “Solamente tengo que acomodarme, encontrar el momento y no se me escapa”, pensaba desde que los lamentos de su divorcio dieron paso a la desesperación de la madurez en soledad.
Por ella, también, se había anotado en el gimnasio para tomar clases de Tae-Box, AeroLatino, BodyAttack, BodyPump, BodyStep, Fight-Do, Gap, SportPilates y Stretching. No tenía ni idea cómo se pronunciaban esas palabras, pero de todas las sesiones salió colorado, deshidratado y sudando la gota gorda. “Que lo reparió”, fue lo único que alcanzó a decir la primera vez, antes de desmayarse en el vestuario.
Por los mismos motivos, ese amor por Rosalía que lo invadió como a un adolescente, repensaba en ese instante las palabras de Ramiro, desde el quinto asiento del colectivo.
- Te digo que sí, Raúl. Se la pasa saliendo con tipos que conoce por Internet. Me dijo mi hijo que se llama "Feibu", que está muy de moda. Tenés que meterte ahí, haceme caso boludo. A ella le gustan los tipos modernos, entendés.
Ramiro, su estratégico amigo, sabía de “Feibu” lo que Raúl conocía sobre pueblos originarios en el sudoeste de Nepal. Pero las palabras de Ramiro, sumadas a la propia ansiedad, pudieron con sus dudas y su cabeza hizo click.
Arrancó preguntando en la oficina. Todos conocían “Facebook” (ahí aprendió a decirlo y escribirlo correctamente) y lo usaban a cada momento. Deambuló durante días de un escritorio otro, buscando orientación, hasta que los chicos de sistemas se apiadaron y le dieron una mano. No sin antes, claro, gastarle un par de bromas, como crear un perfil “gay” con su nombre o colocar una foto trucada e impresentable del inocente Raúl. 
Sin embargo, aquella tarde de reflexión en el colectivo, había dado el último paso y se sentía listo para el salto final. Sólo debía llegar a su casa, prender la computadora que su hijo usaba durante las visitas de fin de semana y pasar a la acción.
Bajó en la esquina de siempre, caminó con la cabeza gacha, como buscando respuestas entre las baldosas y, sin darse cuenta, llegó a su puerta.
Era la nochecita casi, así que se apuró para tomar un baño y picar algo antes de sentarse frente al monitor y comenzar su personalísimo Via Crucis. Pensar que Rosalía estaría en ese momento haciendo lo mismo, le sirvió de incentivo, tanto que empujo con fuerza el botón de encendido y casi lo deja trabado. 
Después, se arrojó sin más dentro del universo cibernético para dar sus primero pasos. 
Exactamente seis semanas después, Raúl no sólo participaba en Facebook sino que se había vuelto un experto. Tenía álbumes de fotos de la oficina, de sus hijos y de las últimas vacaciones en Mar de Ajó, tres años atrás, con la familia de su cuñada. Era uno de los pocos que contaba con el perfil completo al 100%, había editado su página con colores y personalizado cada una de las herramientas disponibles. "No sea cosa que alguien no me contacte por restricciones de acceso", se justificaba. 
Cada mañana, antes de salir para la oficina, dedicaba una hora para responder mensajes y actualizar su estado para el transcurso de la mañana: “Desayuné un café con dos tostadas y me fui a la oficina”.
Raúl era miembro de 28 grupos de interés: “Apoyo el cuidado del planeta al no tirar cáscaras de banana al piso”, era el más reciente. También se convirtió en Fan de 216 temas útiles: Desde “propiedades de la comida Beduina” hasta “Amamos Facebook sólo porque sí”.
Cada mañana, desde su ingreso al ciber espacio, llegaba tarde al trabajo debido a que pasaba las madrugadas enteras frente a la computadora. No podía dormir sin darle un toque a João, de Portugal, para comentar las canciones de moda en Ibiza, o felicitar en su cumpleaños a Urik, de Ucrania.
El colectivo que cada tarde lo llevaba desde la oficina hasta su casa, había cambiado por rápidos viajes en taxi que le permitían vencer las diferencias de horario para coincidir con sus amigos en distintas partes del mundo. Los viernes, por lo general, comentaba la noche de Barcelona con Jordi y Nuria, sus amigos de España. O escuchaba atentamente la descripción que Randy le daba sobre un nuevo bar en el down town de Nueva York.
Los fines de semana eran su momento favorito y ni siquiera tenía que vestirse. Se quedaba el día entero en pijama y ojotas; a lo sumo se calzaba una camiseta, si tenía que conectar la webcam. Por ejemplo, los sábados a la mañana completaba Test muy interesantes: “Cuál es tu personaje favorito en la exitosa serie Yugoslava Mirlo y su pandilla” o “Entérate qué color te conviene según la alineación interestelar de las galaxias”. Por las tardes, en cambio, se dedicaba a cultivar el intelecto desafiando inquietantes Quiz. Últimamente, pretendía terminar uno atrapante sobre “Cuánto sabes de Cine Búlgaro”.
Los domingos por la mañana, en cambio, repasaba detenidamente los Muros de sus contactos para no perderse detalle. Y, por la tarde, se había comprometido a jugar “FarmVille” con su amiga Lin, de Japón.
Su Agenda de Eventos tenía casi 458 destacados y, por eso seguramente olvidó de responder a la última invitación: “Peter quiere saber si asistirás a su fiesta de cumpleaños, mañana a las 19 horas en el bar Stone… de Copenhague”.
La vida social de Raúl en la ciudad no mejoró para nada. Pero en la web, era todo un éxito. Qué lejos había quedado ese aburrido regreso en colectivo, viendo pasar la ciudad indiferente. Y Rosalía, aquella codiciada mujer que lo motivó, se volvió una más entre sus 783 contactos.
Raúl Miranda, conocido en el ciberambiente como “Rulmi”, es hoy un hombre comprometido con Astrid, de Luxemburgo, quien anoche le dejó de regalo en el Muro un corazoncito violeta como símbolo de su amor incondicional.


lunes, 5 de septiembre de 2011

La “Tango” del Polaquito


El suceso tuvo lugar una calurosa tarde de verano, en un mes de febrero, de hace unos 20 años. Era la hora de la siesta en el pueblo y las calles estaban tan desiertas como en una película de cowboys, donde solamente se ven pasar los rollos de pasto seco empujados por el viento.
En este caso no había ni una mínima brisa y la humedad condenaba cualquier movimiento brusco. A nosotros nomás se nos ocurría jugar a la pelota en esas condiciones en el baldío de la Estación. Inconsciencia de chicos.
Este inesperado episodio arrancó como si fuera una travesura más, un amague apenas de las terribles jodas a las que nos teníamos acostumbrados. Por eso nadie imaginó la fatídica consecuencia que deberíamos enfrentar después. Y hablo de jodas habitual porque era normal hacerle alguna al “Polaquito” Zanavisky; el estirado, mal criado e insoportable hijo del doctor del pueblo.
Por desgracia para nosotros, el pibe también era el envidiado propietario de la única digna pelota de cuero blanco y negro, cocida a mano, que rodaba por los potreros. Todos los días el Polaquito le pasaba grasa de animal y, nobleza obliga, la "Tango Europa de Adidas" estaba reluciente. Más digna de admiración que de las salvajes patadas que le dábamos.
Era igual a la que usaban en los partidos de Primera. Incluso algunos decían que era el mismísimo balón con que jugaron en la vuelta de la final de la Supercopa de América que Boca ganó por penales. La ventaja de tener un padre "tordo" con buenos contactos en la Capital, pensábamos. 
La cuestión es que, por más bronca y rabia que le teníamos, había que aguantarse los caprichos del Polaquito. Porque el pibe era un prepotente de mierda, es cierto, pero nosotros hacíamos cualquier cosa con tal de jugar con esa redonda sagrada.
¡Lo peor de todo era que al muy turro ni siquiera le gustaba el fútbol! Solamente la traía para fanfarronear adelante de nosotros porque conocía nuestra debilidad y estaba dispuesto a aprovecharse de ella. Y a decir verdad, nos jodía demasiado el asunto, así que como decía mi abuelo: “De tripas corazón” y a disfrutar mientras dure.
Todo esto le importaba un carajo al “Chueco” Luna. Si fuera por él, jugaba al futbol con una sandía. Aunque con el paso del tiempo y la repetición de boludeces, le fue tomando bronca al Polaquito. Y eso, a la larga, no podía terminar bien. Ahora que lo pienso mejor, lo que aconteció aquella tarde no debió sorprendernos tanto.
La mayoría estábamos alrededor de la canilla de la Estación para calmar la sed y aguantar el sofocante calor mojándonos la cabeza. El Chueco, más duro y aguantador que el roble, se quedó solo en la canchita haciendo jueguitos con la pelota. Mientras, como tomando distancia del "populacho", el Polaquito se cuidaba del sol abajo de unos pinos hasta que se cansó de mirar como su inmaculada Tango no caía del habilidoso pie del Chueco. Entonces, con mucha sorna le gritó: “Pasame mi pelota querés, que vos sos capaz de romperla”.
No hacía falta el comentario, es cierto. Aunque también es verdad que se trataba de una de esas tantas pavadas que le aguantábamos al hijo del doctor. Pero esa tarde se ve que el Chuequito no estaba para que le rompan las pelotas.
Algunos ya habíamos vuelto a la canchita y nos quedamos mirando la escena con especial atención, sorprendidos o alarmados por un silencio profético muy parecido a la calma que anticipa a la tormenta.
El Chueco dejó caer la pelota y la aprisionó bajo la suela derecha de sus Flecha azules. Se hizo visera con una mano para divisar al Polaquito entre los árboles, después se sacó la transpiración de la frente y se la secó en la gastada camiseta de Atlanta que llevaba ese día.
Todos creímos que lo iba a correr para cagarlo a trompadas o que le apuntaría un puntinazo a la panza. Pero él, relajado como nunca, giró la cabeza hacia la Estación donde el tren de las cuatro estaba próximo a salir con destino a Lobos.
Los que presenciamos aquel histórico momento nos asombramos con las tranquilas palabras del Chueco: “¿Así que querés tu pelota, eh?”. Recién en ese instante, como en un profético flash, intuimos el funesto desenlace.
Se venía la catástrofe. Era inevitable. De una u otra manera esta situación no terminaría bien para nosotros y, por eso, me quedé mirando con nostalgia a la Tango.
El Chueco giró sobre su propio cuerpo y con la pierna derecha, la que mejor dominaba, le dio a la pelota que dormía bajo su suela un suave empujoncito hacía adelante. La dejó correr mansita menos de un metro y, antes de arrancar la carrera, se dio vuelta con una sonrisa pícara para mirar al hijo del doctor.
Fueron sólo unos segundos, casi imperceptibles, en los que se precipitó todo como en cámara lenta.
Mientras el solitario ejecutor se disponía a completar los pasos que lo separaban de la invaluable Tango, el Polaquito se puso de pie de un salto y estirando los brazos intentó un desesperado e inútil: “¿Qué vas a hacer, boludo? ¡Pará!”.
Pero ya era tarde. Algunos nos agarramos la cabeza con ambas manos, inmóviles ante la inminencia de lo irremediable. Existían pocas, nulas chances de que el Chuequito fallara, famoso por su pegada milimétrica en los tiros libres. Y la profecía se volvió sentencia cuando escuchamos sus siguientes palabras: “Andá a buscarla entonces”, le dijo al incrédulo Polaquito con esa maldad dibujada en la cara y que anticipaba una joda de las bravas. De esas que se recuerdan por más que pasen veinte años.
Desde la canchita hasta la vía habría unos 60 o 70 metros. El silbato del tren sonó un par de veces mientras la locomotora se alejaba de la estación y tomaba algo de velocidad.
El hijo del doctor empezó a saltar en el lugar, nervioso, levantando las manos al cielo y gritando como poseído por el mismo diablo. Se estaba poniendo pálido, también. En ese momento, tanto él como nosotros comprendimos la magnitud del fatídico hecho: Nos íbamos a quedar sin la deslumbrante Tango Europa de Adidas.
Enseguida nos sobresaltó un nuevo silbato del tren y una larga bocanada de humo negro se mezcló con las nubes. La máquina dejaba atrás el andén y la flamante número 5, cocida a mano, salió disparada con fuerza del pie derecho del Chueco, cruzó el aire por adelante nuestro y superó por lejos la ligustrina de la Estación. Todos giramos la cabeza siguiendo la trayectoria para constatar la hazaña, perjudicial y triste más tarde, pero repleta de heroísmo en ese instante.
El Polaquito transformó sus gritos en llanto desesperado antes de caer de rodillas al suelo. En cambio el Chueco, satisfecho, se acercó hasta nosotros. 
Nos estaba privando de una pelota inigualable pero, a pesar de eso, lo abrazamos y vitoreamos sin entender del todo la demorada, insensata y reparadora justicia de su acto. Después, como hermanados por la magnitud de la vengativa cruzada, nos quedamos mirando el tren que se alejaba a toda marcha.
En esos días de agobiante calor, todos los vagones llevaban abiertas las ventanillas.
 

lunes, 29 de agosto de 2011

Tobogán


Desde acá arriba me creo invencible, poderoso. Como si el control del universo entero estuviera en mis manos. Sin embargo, un incomprensible deseo me impulsa hacia abajo. Por eso, en unos segundos, emprenderé el impostergable descenso.
Eso sí, lo haré con el envión adecuado. Pretenderé bajar erguido hasta hundir mis pies en la arena. Quiero sentirme como aquel gallardo conquistador que, insaciable, saltó desde su carabela a la playa para colonizar un nuevo mundo.
 

lunes, 22 de agosto de 2011

La Frase Perfecta


En la avenida Corrientes, casi esquina con Montevideo, existe una vieja librería de saldos. No es pintoresca. Se trata de un enorme local de dos plantas, poco agradable a la vista, demasiado oscuro y con un persistente olor a humedad. Eso sí, es la única librería en todo Buenos Aires que nunca cierra sus puertas. Ni en Navidad, ni en feriados, ni siquiera por las madrugadas. 
Pero eso no es lo más llamativo del lugar. Cuentan los clientes asiduos que ahí ocurren cosas extrañas. No misteriosas, sino raras. Sin embargo, los incrédulos de siempre descartan esas teorías fantásticas y justifican los hechos argumentando que los empleados del turno noche son unos flojitos y, sostienen, el sueño les juega malas pasadas. Sobre todo en las frías trasnoches de invierno.
Pero más allá de ambas posturas, las historias que se cuenta hablan de sucesos extraordinarios que ocurren entre las 4 y las 6 de la madrugada. En ese único momento en que el tránsito de la avenida parece aflojar un poco, hasta un mínimo posible. Porque eso de que es “la calle que nunca duerme” resulta completamente cierto.
La cuestión es que al sacudirse la modorra, y ya con el amanecer detrás del Obelisco, los empleados de la noche ven cosas fuera de lo común. Por ejemplo Atilio, el repositor, dice que unos libros aparecen fuera de su lugar y otros quedan abiertos encima de las mesas de exposición, como si alguien hubiera abandonado su lectura de imprevisto.
Fidel, el más antiguo de los vendedores, siempre recuerda una vieja leyenda de los tiempos en que la librería abrió sus puertas, allá por comienzos del siglo XX. En esa época de galeras y bastones abundaban las tertulias literarias y, con la concurrida avenida como epicentro, las plumas más selectas de la época frecuentaban el local desde su inauguración.
Por aquel entonces, la librería cerraba de noche y el dueño, Don Evaristo Arriaga, atendía a la clientela con la única colaboración de su hijo Fermín, de 20 años. Parece que cierta noche el propietario se quedó haciendo inventario hasta bien tarde y, tal vez influenciado por el cansancio, creyó divisar una silueta entre los estantes. Los nervios y el sueño también se combinaron para que el hombre entrara en pánico y, tomando su revólver Lefaucheux francés de abajo del mostrador, disparó en la penumbra del local.
El destino quiso que el disparo diera de lleno en el pecho de su hijo que había vuelto para ayudarlo con el cierre y, de paso, comentar con él algunos aspectos de la novela que estaba escribiendo. Cuenta esta leyenda que, al acercarse al cuerpo de su hijo, el viejo lo escuchó susurrar con el último aliento: “La encontré, papá. Encontré la frase perfecta para el inicio del libro”. Después sonrió y se fue para siempre.
Al señor Arriaga lo internaron de inmediato por un brote psicótico y depresivo generado por la culpa y aquellos pocos que siguieron la historia aseguran que durante los años que permaneció en el pabellón psiquiátrico, el fundador de la librería solamente balbuceaba palabras sueltas o sin sentido, pero una oración se entendía perfectamente: “La frase perfecta quedó allí, entre los libros”.
Los más exagerados narradores de esta versión dicen que antes de enfrentarse a su propia muerte, Don Evaristo escribió esas palabras en la blanca pared de la habitación donde estaba encerrado, con su propia sangre.
Desde ese siniestro y lamentable episodio, la librería pasó por distintos dueños hasta ser comprada por los hermanos Ramón y Enrique Miranda, célebres editores porteños que le dieron a la tienda la reputación y la modalidad de atención nocturna que la llevaría a su esplendor, entre los años ´40 y ´60.
Uno de los secretos del suceso, por supuesto, tuvo que ver con las leyendas y cuentos que se armaron en torno al crimen del incipiente joven escritor. Porque eso despertó el interés no sólo de prolíferos aspirantes a escritores, sino de autores ya consagrados que volvieron a frecuentar la librería.
Otros se animan a reconocer que las visitas no eran por las ofertas y obras inéditas que se ofrecían, sino motivadas por la búsqueda de aquella misteriosa oración fundamental que el muchacho aseguró descubrir, antes de su trágico final.
Sin embargo, el paso del tiempo hizo que la librería -y la literatura en general- perdieran interés, dando lugar a los chismes que perduran hasta hoy.
Pero en esa incomprobable anécdota familiar es donde encuentran su razón de ser los que vieron “hechos sin explicación” durante las húmedas madrugadas ciudadanas. Fidel, Atilio y también Adalberto, el cajero, juran a sus allegados que vieron “figuras casi transparentes” debatiendo acaloradas en los pasillos, hojeando libros de las mesas y alborotando los estantes.
Pero lo curioso, realmente, es la descripción que dieron de esos visitantes. Atilio, por ejemplo, asegura que vio a un señor de bastón, con el cabello blanco peinado hacia atrás, parecido a Borges. Fidel, en tanto, cree que entre los estantes aparece un hombre gordo y de barba, seguido de cerca por un gato negro. Y el mismo Adalberto, desde el mostrador del fondo, está convencido de haber visto al mismísimo Julio Cortázar dejando escapar una bocanada larga de humo de un cigarrillo que nunca se consume.
A veces, incluso, todos se cruzan inquietos, motivados por la intriga de esa frase tan anhelada, capaz de convertir una simple historia en la más grande de todos los tiempos. Por eso, por la curiosidad que impulsa a todo narrador, regresan cada noche a revolver los estantes de la librería de Corrientes, casi esquina Montevideo.
Lo más entendidos llegaron a especular que se trata de una frase breve, clara, descriptiva y casi poética. Esa que todo autor desea desesperadamente para captar la atención de sus lectores al inicio del relato y mantenerlos cautivos para siempre.  
 

lunes, 15 de agosto de 2011

Eterno Amore Mio

"...porque así será, aunque lo neguemos".

Faltaban unos minutos todavía para la hora acordada, cuando María abrió la puerta de su casa, más por convicción que por entusiasmo. Llevaba el pelo recogido y se había vestido tan elegante como lo requería una cena romántica con Manuel, el hombre que la haría feliz.
Pero no era quien ella esperaba, sino un mensajero que le traía un sobre. Algo desilusionada, o tal vez aliviada, lo aceptó y firmó la planilla. 
Luego cerró la puerta y apoyó su espalda contra ella. Leyó el remitente y de inmediato la invadieron los temblores. Se dejó caer despacio hasta quedar sentada en el piso, hecha casi un ovillo. La ansiedad de hace unos instantes, se transformó en nervios que brotaban desde sus entrañas. Sin más, rompió el sobre desesperada por descubrir su contenido.
Una, dos, tres hojas medianas escritas a mano con una letra de imprenta grande, clara y redondeada. Conocida. Incluso, era la misma tinta de color negro fuerte que utilizaba para dejarle mensajes de amor pegados en la puerta de la heladera, cuando la relación apenas comenzaba.
Algunos mechones oscuros se le escaparon del prolijo peinado y le cayeron en la cara. La mirada de María seguía expectante sobre los trozos de papel. Antes que una lágrima de rabia corriera por su mejilla, decidió empezar la lectura:

 Te escribo desde la más profunda y triste soledad. Ya sé que prometí que nunca volverías a saber de mí, pero como ves, ha sido imposible. Ni eso pude hacer bien con vos. Ahora estoy sentado en un escritorio mirando a la pared, aunque me siento como un condenado a punto de enfrentarse al pelotón.
          Ayer, mientras me decidía a escribirte, me pregunté si es necesario recurrir a las palabras para explicar cuestiones del corazón. Y lo único que comprendí fue que, cada vez que surgían nuestras discusiones, siempre ponías en juego la continuidad de la relación. Como si de esos entredichos dependiera la esencia misma de nuestros sentimientos. Nunca entendí por qué. A lo mejor tuviste razón. No importa ahora, pero creo que en cuestiones de amor no podemos tener certeza de nada. 
          Hoy sólo quiero hablarte sobre la maravillosa pasión que me llena el espíritu cuando todavía pienso en vos. Cuando me imagino rozando tus labios o envolviendo ese pequeño cuerpo entre mis brazos. Cuando por las noches recupero en mi memoria tantos momentos que guardo para cubrir tu incomprensible y ridícula ausencia.
            Debería contarte que te extraño, pero ya lo sabes. Mejor, dejame decir que te amo: Como ayer y como siempre. Mi corazón lo repite a cada instante como si fuera el eco que retumba en este cuerpo ya vacío, desocupado de emociones desde que vos no estás. No pude experimentar sensaciones tan fuertes como las que tuve a tu lado. No logré revivir en mí lo que generaba tu compañía, tu mirada, tu sonrisa… Tus esperadas palabras de amor que nunca llegaban. Igual, y sin ellas, me siento morir por tu falta.
            Y por eso sé que te amo. Por lo que generas aún en mí. Por aquello que supiste darme y por lo que nunca te interesó dar. Pero todo era parte de un mismo viaje que se volvió mágico desde aquella tarde primaveral en que te recorrí por primera vez. Ahí cambió mi vida, para bien y para mal.
            Ahora me tomaré unos instantes para repasar cada minuto a tu lado. Para impregnar mi piel con el aroma y la suavidad de la tuya. Para cubrir mis labios con tus besos y para inundar mi alma con tu amor, que es el mismo que yo siento por vos.
            Después, saldré a la calle para enviar esta carta y volveré a la habitación en penumbras. Voy a asegurarme que, de una vez por todas, ya no volverás a saber de mí. Cerraré los ojos y, con tu preciosa imagen en mi mente, apretaré el gatillo. Sonriendo de felicidad por haberte conocido.
                                                                                             Tú eterno enamorado.

María estrujó las hojas con sus manos hasta casi romperlas. Después las arrimó a la cara y las empapó con su llanto, incontenible desde el primer párrafo.
Ella esperaba esa tarde por otra persona y, sin embargo, apareció la misma de siempre. Ese idiota que no supo quererla y valorarla. Ese al que todavía hoy, cuando es íntimamente necesario, nombra como “eterno amore mío”.
Sin darse cuenta había estado más de 20 minutos sentada junto a la puerta y no se percató de los golpes de Manuel. Recién volvió a la realidad al escuchar que la llamaba a gritos por su nombre.

- ¿María, estás ahí? Dale, que se hace tarde.
  
La voz del hombre sonaba desinteresada, apurada; pero a María, además, le pareció fría, distante, ajena a su mundo. Ajena a su corazón. Se puso de pie, se secó las lágrimas y abrió unos centímetros la puerta. Manuel la miraba perplejo desde el pasillo. Ni siquiera pudo preguntar qué sucedía. 

- Disculpame -susurró la mujer mirando al piso- pero no me siento bien y quiero estar sola esta noche. Mañana te llamo y te explicó, no te preocupes, no es nada grave.

Cerró la puerta y con la carta entre sus dedos corrió hasta la habitación. Se tiró en la cama y explotó en un dolor contenido desde hacía meses. Tal vez Manuel seguía en el pasillo, desorientado, pero eso no le importó. 
Luego entendió su error: Creyó que podía olvidar el amor por aquel hombre, con la simple aparición de este otro.
Debe haber llorado hasta quedarse dormida, bien entrada en la madrugada. Durante todo ese tiempo, en su cabeza estallaron miles de imágenes junto a su ex que, creyéndose inimputable, le había enviado esa maldita carta. Todos los recuerdos eran hermosos, alegres, apasionados. Porque la mayor parte del tiempo había sido así.
Se despertó con los primeros rayos de sol de la mañana. Dejó las tres hojas sobre la cama, con la tinta medio borroneada por las lágrimas, y se encerró en el baño. Necesitaba una ducha caliente para acomodar las ideas. Aunque sabía que todo estaba definido.
Se vistió como a él más le gustaba y salió a la calle para ubicarlo de cualquier manera. Si todo había sido una trampa para recuperarla, ella volvería con su eterno enamorado. Pero si la carta era real, también estaba preparada. Sabía lo que quería y cómo hacer para estar finalmente con él, sea como sea, incluso en la eternidad del amor.


martes, 2 de agosto de 2011

Venganzas postergadas



Lucas daba vueltas por el patio. Iba y venía desde hacía un buen rato. El sol de la siesta le daba de frente en la cara y le dificultaba la visión, aunque pusiera la mano como visera. No podía esperar mucho más, tenía que encontrarla.
Después de caminar alrededor de la mesa de hierro oxidado del jardín, se detuvo abajo del ciruelo que lo abrazó con su piadosa sombra. Quería pensar tranquilo. Era verano y la temperatura andaría ya por los 30 y pico grados.
Cualquiera que lo viera en ese instante podía deducir, por la postura nomás, que Lucas estaba preocupado. Con los brazos en jarra, movía la cabeza de un lado a otro, negando casi con desesperación.
De repente, un recuerdo nítido lo invadió y lo emocionó. Se concentró para repasar en detalle aquel día en que la tomó en sus brazos por primera vez. Pálida, salpicada por esos lunares negros, casi perfectos y de formas exactas.
Lucas no lo podía creer. Después de tanto tiempo, por fin era suya. Como lo había soñado en esas noches de pueblo, con el ruido de los grillos filtrándose por la ventana y los bichitos de luz desparramados en el azul oscuro del cielo nocturno. La luna, única testigo de sus deseos, lo acompañaba en silencio, como esos amigos que en los momentos más difíciles no necesitan decir ni una palabra para brindar su apoyo.
Había sido exactamente un año atrás, la madrugada de un 6 de enero, cuando ella llegó a su vida, dándole una de sus mayores alegrías. Ella y él. Un amor a primera vista. Él, enamorado para siempre. Ella rendida a sus pies.
Cuántas veces caminaron por ese mismo patio, disimulando fervores hasta que se volvieron incontrolables. Pasearon, viajaron y hasta durmieron juntos durante ese año.
Pero ahora, en esa tarde calurosa y soleada, ella no estaba. Y Lucas se ponía más y más nervioso. No podía… No quería ni siquiera pensar en que ella no volvería. Sospechar, nomás, que alguien más pudiera rozarla o tocarla lo llenaba de ira, rabia y egoísmo. Imposible. Después de todo ese tiempo, ella no sería capaz de entregarse a otro. Para qué. Por qué. Qué extraño capricho la habría llevado a desaparecer así.
¿Y Lucas? ¿Qué sintió cuando la buscó y ya no estaba? Acaso no era algo que se venía venir desde aquel día en que él la dejó para irse con los chicos del barrio. Ella supo que en esa salida Lucas iba a traicionarla. Pasaría unas horas con otra que, seguramente, le iban a presentar sus amigos. Hasta pudo imaginarlo, ansioso, en el baldío de atrás de la estación de trenes. Y todos gritándole: ¡Grande Lucas! ¡Maestro!
Ella lo supo de inmediato. Todo, absolutamente todo, se sabe en los pueblos. Los romances y las traiciones. Especialmente, los engaños. Pero ella lo bancó. Esperó que regresara y se hizo la indiferente un ratito hasta que, mansita, cedió y se entregó de nuevo a su "dueño". Al único que había conocido. A Lucas.
Pero ahora la situación era al revés y él no se sentía tan comprensivo. La quería, es cierto. Pero la precisaba más que nunca esa tarde y ella no aparecía. ¿Acaso esperó pacientemente hasta hoy para vengarse de aquella tarde en la estación?
Envuelto en esos pensamientos, atormentado, pasó otros 20 minutos. O más. El sol iniciaba su cuesta descendente para esconderse a eso de las siete y media, sin más remedio, detrás del paredón que daba al fondo de los Urrutia.
Lucas estaba sentado contra el tronco del ciruelo. Derrotado. Por eso tardó unos minutos en reaccionar al grito que llegaba desde la ventana de la cocina.
- ¡¡¡Lucas!!! Vení adentro que ya está la leche.
- ¡Sí, má! ¡Ya voy!
Mientras terminaba la cansina marcha tomó coraje y, sin pensar demasiado en lo vergonzoso de la situación, con la voz más inocente que pudo encontrar en su garganta, preguntó mientras entraba a la casa:
- Mami, vos no sabes dónde dejé la pelota ¿No?